lunes, 4 de noviembre de 2013

GRENOBLE UN AÑO DESPUéS


Hace exactamente un año que aterricé en Grenoble casi por casualidad. Digo casi porque no creo en las casualidades.

Si alguien me hubiera dicho hace un año que hoy estaría aquí y que iba a vivir lo que viví, me hubiera reído a carcajadas en su cara. A carcajadas. Hubiera pensado incluso que la realidad supera al mismísimo Borges.


Si alguien me hubiera dicho que hoy, un año después, no sería la misma que se subió un cuatro de noviembre a un avión con destino Lyon, no le hubiera creído. Ni aun jurándolo.

Si alguien me hubiera dicho que la misma que lloraba en la T4 a sus padres al despedirse hoy llora por quedarse, lo hubiera negado. Y hasta tres veces.

Si alguien me hubiera hablado de que la madurez no es solo necesaria sino que además puede ser querida, me hubiera burlado. Le hubiera pegado.

Si alguien en su sano juicio sabia todo lo que esto me iba a aportar hizo bien en no contármelo. Porque hubiera tenido tanto miedo que hubiera salido corriendo. Aun sin zapatillas. 



Que fácil es mirar ahora hacia atrás. Qué bonita la perspectiva. Pero si quieren saber la verdad, no ha sido fácil. No ha sido fácil en absoluto. Lo diría hasta en Francés.

Y a pesar... A pesar de eso, me cogía ahora mismo de nuevo un avión sin destino. Un avión a cualquier parte donde supiera que voy a crecer, que va a hacer de mi mejor persona como lo ha hecho Grenoble.


Recuerdo cada detalle al bajarme del avión. El primer pensamiento al salir del aeropuerto de esta cabeza que tenía mucho ruido y pocas nueces. No, no fue voy a encenderme un piti, no. Me dije: Ana, tienes todo para conseguir lo que te propongas. 19 años, la gracia de Dios y buen humor. Solo eso. O todo eso. Que mas quieres. No tengas miedo, que no se hace mayonesa sin romper huevos. Y que todos tenemos instinto de supervivencia, hasta tú.

Y un año después cojo el avión de vuelta con pena y gloria. Con pena porque la niña que vino se queda aquí. Con gloria porque madurar ahora entra dentro de mi vocabulario. No crean, no tenía nada contra la madurez en sí, pero si mucho contra la ridiculez de madurar. Supongo que solo quería ser libre de la boca hasta los huesos y sin querer me encontré conmigo misma. Bendito Grenoble.

Un año después, y tantas cosas aprendidas, le pido a Dios… que “La sombra de este ciprés sea alargada”.

Dicen que un juego termina cuando mejor te lo estas pasando, que siempre toca marcharse en el mejor momento... Y esto es así... 

Hoy finaliza una etapa de mi vida.
He vivido en Francia.