sábado, 6 de abril de 2013

QUIZÁS EL MARTINI ME HA HECHO RECORDAR...








Parece ser que todo el mundo tiene por ahí un cajón en el que va amontonando cosas inservibles. Cosas, según me cuentan, como billetes de metro, collares pasados de moda,  relojes heredados, algún artículo de periódico amarillento, llaves anticuadas, fotos llenas de polvo, libretas que ya no tienen importancia, calendarios pasados, alguna baraja de cartas incompleta, un pendiente desparejado, reposavasos varios de los mil y un bares a los que acudieron una vez, y un largo etc. Parece ser que todo el mundo tiene ese cajón. O en su defecto un gran corcho en el que amontona todo eso como puede con la ayuda de unas chinchetas. Parece ser que todo el mundo tiene ese rincón en el que amontona sus preciadas cosas inservibles. Todo el mundo, menos yo.

Siendo sincera, siento envidia de cada uno de vuestros cajones y de cada uno de los recuerdos que os traen todos esos objetos inútiles. Debe ser bonito eso de abrirlo de vez en cuando y experimentar la misma sensación una y otra vez con un objeto, aunque vayan pasando los años. Volver a recordar la vida que giraba en torno a él. Disfrutar de algo que sólo tú puedes comprender, pues sólo tu sabes porque lo guardas y que significado tienen para ti todas esas baratijas. Tratar de reorganizar ese cajón-de-sastre sin fondo, atesorando cada momento que pasas con él. Olvidarte del cajón por una temporada, y llorar de emoción al volverlo a encontrar. Conmocionarte de nuevo con todo lo que guardaste en él y dejarte sorprender por cada uno de los sentimientos que te inspira. Admiro vuestra valentía, yo no sería capaz.

Creo que no tengo uno porque, en realidad, no me gustaría. Me pongo demasiado melancólica con esas cosas. Demasiado. NoéAmeLepliage prefiere dárselas de dura. De verdad. Me siento más cómoda en ese papel. Por eso no acumulo cosas inservibles. ¿Para qué? Ocupan espacio, acumulan polvo y traen recuerdos. Lo tienen todo. Son una moneda de doble cara, muy bien afilada. Por eso no acumulo cosas inservibles,  ni en cajones ni en ningún otro sitio. Miento. En la cabeza si. Pero eso es un inevitable del ser humano. Supongo. Ya no intento luchar contra mi cabeza. Recuerdo que un profesor que tuve no hace demasiado tiempo, nos decía que la enfermedad de un diseñador es acumular cosas inservibles. No especificó si en cajones, en corchos o catalogados por colores. Ahora entiendo porque no pudo ser. Lo mío con diseño, digo. Era esto. Deberían habernos enseñado a acumular todas esas cosas. Quizás deba escribir al rector de la universidad. Lo pensaré.

Como digo, no tengo caja propia, pero siento especial curiosidad por los cajones ajenos. Me gustaría tanto poder echar un vistazo a esos rincones ocultos de una persona. Que me inviten a disfrutar de uno de esos viajes al pasado. Poder ver sin ser vista esas cajas, a las que irremediablemente se vuelve una y otra vez. Colarme en las historias que esconde cada objeto. Poder imaginarme lo que hay detrás. Presionar el botón de rebobinar en ese mando a distancia. Asombrarme con los grandes tesoros que esconden esos cofres. No de una forma cotilla. No. De verdad que no. No de una forma crítica tampoco. Ni mucho menos haciendo comparaciones. Simplemente como investigador. Simplemente por el placer de poder observar qué es importante para los demás. Esos cajones esconden el miedo a que nos arrebaten nuestros recuerdos, deseos ocultos inconfesables, recuerdos buenos, y malos, y mezcla de los dos. Nunca se sabe que vas a encontrar tras el tirador de uno de esos cajones. Guardan el yo más intenso de uno mismo, rozando incluso la ilegalidad. Es el talón de Aquiles de todo mortal. La conjugación “pero” tras un te quiero. Puedo decir sin equivocarme, que esos cajones esconden más cosas de nosotros mismos de lo que seríamos capaces de aceptar. Otra razón seguramente por la que no tengo uno.

¿Para qué? ¿Para que arriesgarme a que mi cajón sea descubierto? Prefiero guardar mis recuerdos inservibles en mi cabeza. Que además a veces falla, y yo se lo agradezco. ¿Para que tener todo en una caja, si siempre nos quedará ese martini que hace recordar?




(Dedicado a ese profesor de Diseño, R. Y a sus clases, las cuales echo infinitamente de menos aqui en Grenoble.)