lunes, 22 de abril de 2013

¡LLUVIA UP! ¡NoéAmeLePliage DOWN, UP, DOWN, UP!






Y es que si hay algo que tenemos en común todos los exiliados en Grenoble, es que el tiempo controla a su antojo todas nuestras emociones y sentimientos. Y esto es inevitable. No hay forma de luchar contra ello. No hay forma de sobreponerse a semejante norma establecida. No puedes huir ni aun que seas un cobarde. Si. Si. Al principio te vuelves loco. En un mismo día puedes creerte el rey del mundo, ser más feliz que un regaliz, creerte que tu vida es la pera limonera, pensar incluso que estás preparado para morir... e inexplicablemente, y sin previo aviso, de un momento para otro, y en el maldito momento más inesperado y menos esperado... ¡Adiós felicidad! ¡Adiós tranquilidad! Y te hundes... te hundes como lo hacen todos los idiotas: pensando demasiado. Es un asco, créanme. Ese día se vuelve romántico, empalagoso, pedante, catastrófico, inexorable, espeluznante y asqueroso. Y esto es una pescadilla que se muerde la cola 23.559 veces a lo largo del día.

23.559 veces.

Sepan, que esos días al final resultan ser los más entretenidos. Y cuando los recuerdas con perspectiva hasta te hacen gracia. ¡Pero en el momento!

Hoy mismo. Me he levantado UP. Muy muy Up, para ser un lunes. A ver, es cierto que el día no estaba predispuesto. Ya pintaba maneras desde bien temprano cuando ha empezado a chispear y se ha levantado el viento. ¡Pero una cosa, es...! ¡Y otra, bien distinta...! ¿No? Pues yo ni caso. Como siempre. Lloviendo a mares y a mí se me ocurre llevar el ordenador al <<centro de reparación integral de ordenadores Grenoble S.L.>>. Para más inri, aquí estamos de vacaciones, de modo que se veía de lejos que iba a estar todo con el candado puesto. Pero tan feliz me he encontrado a mi misma esta mañana, tan UP, que no me ha importado ni esperar en la parada del autobús bajo la lluvia.  

Llueve, que llueve, y finalmente ha llegado el bus. A rebosar ¡Cómo no! Pero ni eso ha conseguido desanimarme y yo seguía  mas feliz que una perdiz. Después he cogido el tranvía. Ahí ya la cosa se ha empezado a torcer de lo lindo. Un olor nauseabundo se ha apoderado hasta de mis pensamientos. Y de un momento para otro; y entre bocanadas de aire puro que iba entrando al abrirse las puertas en cada parada, y propiciado yo creo por el pisotón que me ha dado una señora, y algún que otro codazo, he sucumbido. Me ha invadido un sentimiento de inferioridad que ni calimero, y luego mis estúpidos pensamientos me han arrastrado fuera del tranvía y me han dado una paliza memorable. He podido comprobar como seguía lloviendo y me he calaó hasta los huesos. Hasta los huesos esos que nadie conoce. Mi ánimo comenzaba a decaer. O más bien a caer en picado. Iba dando saltitos por la calle tratando de esquivar los charcos entre pensamiento y pensamiento. ¡Pero ni uno se me ha resistido! ¡Tampoco los semáforos me han dado tregua! Error mío el no tener paraguas (ni capucha...) porque vivir en Grenoble sin paraguas o capucha, les aseguro que es vivir al límite, es vivir peligrosamente. Pero es que es más divertido, saben.

Finalmente, he llegado a la tienda donde reparan ordenadores, como si acabara de salir de la ducha. Como si mi única meta en la vida fuera empaparme hasta las trancas -con permiso de barrancas-. Como si me hubiera caído al rio. Como si me hubiera propuesto calarme sin censura. Como una flor recièn regada. Como una superviviente de un naufragio. Como si fuera la protagonista indiscutible de <<Cantando bajo la lluvia>>. Como si hubiera un concurso de camisetas mojadas, y encima por mi cara se supiera, que no lo he ganado. Así he llegado, señores. Mojada.

Mojada y absolutamente desmoralizada, he contemplado con estupor como la tienda estaba cerrada. No sé cuánto tiempo he permanecido absorta llamándome de todo -menos bonita-, bajo ese portal. No sé cuánto tiempo, pero no ha debido ser moco de pavo, pues el portero me ha echado. Tal cual. Que a que espero y tal me ha dicho. A que deje de llover, le he dicho para disimular.

Y vuelta para casa, después de volver a presentarme al concurso de camisetas mojadas, y esta vez ganarlo. Después de perder unos tres tranvías, y esperar sentada en la parada del autobús una media hora. Después de sacar a paseo el portátil el día más y menos indicado. Después de bailar bajo la lluvia y sobre ella. Después de hundirme y venirme arriba 23.559 veces.

23.559 veces.
¿Alguien da más?