domingo, 27 de mayo de 2012

::::::::::FRANCISCO DANIEL ORTUSOL::::::::::

Recuerdan "El tercer hombre", aquella excelente película de Carol Reed, pero con la pauta inconfundible de Orson Welles. Recuerdan la escena en que Holly Martins (Joseph Cotten), escritor de novelas baratas del oeste, es invitado por unos aburridos tertulianos, con ínfulas intelectuales, a dar una conferencia literaria y le preguntan: Cuál es su autor favorito? Grey... Zane Grey - contesta él, ante la estupefacción de sus oyentes. 
Y es que nunca los veréis firmando sus obras para Sant Jordi y sin embargo han contado sus lectores por miles. Hoy ya no es tan usual ver aquella figura del hombre entrado en años, leyendo entre sus toscas manos una sobada novela de bolsillo durante sus viajes en metro. Hoy parece que todos seamos más cultos y relamidos y tengamos que leer los bet-sellers de moda, pero aún hay quien las sigue leyendo a escondidas, tirado en la cama o sentado en el water. Esas novelas de "a duro", de serie b, eso que en América llaman pulps. Del "oeste", de "terror" o "ciencia ficción". Sí, también las hay "románticas", pero hoy no vienen tanto al caso. Y es que todos esos géneros los tocó Francisco Daniel Ortusol, un escritor del barrio, especialmente prolífico en las décadas de los sesentas, setentas y ochentas. Lo hizo muchas veces, como tocaba hacerlo, bajo seudónimo. "Frandanor", "Mayor Frank D. Ortusol" o "Fred Dennis".


Un lenguaje sencillo, directo, sin demasiadas florituras, "sabiendo" para quien se escribe, parece algo fácil pero que requiere sin duda oficio, pues la profesión siempre se impone a las veleidades artísticas.


Francisco Daniel Ortusol es autor de innumerables títulos individuales y colectivos, además del guión del "spaghetti western" de Juan Bosch: "Una bala marcada".


También es el autor de algo bastante más serio, "Umbral en penumbra", un relato autobiográfico de su paso por la "Prote", el asilo para menores del barrio del Poblenou. Escrito con toda la crudeza, captando toda esa atmósfera represiva vivida, pero sin caer en la tentación de cargar las tintas, bastándose sólo con la descripción de esos personajes para desnudar sus almas. Sólo unos párrafos para darnos una idea:  
“Precisamente el “Larguirucho” no es el peor de todos, sólo castiga cuando se enfada o le fastidiamos en algo; a diferencia de los otros que lo hacen por cualquier cosa, incluso por capricho. «Cirano», Ciran de apellido, un tipo pequeño y redondo, sin nariz, sólo un pellejo con dos agujeros y por el que le resbalan las gafas, pega por divertirse, tal como suena. A veces emplea una correa, un resto de cuero industrial, de unos cuatro milímetros de grueso."

"Las cartas las abren en cuanto llegan, sufren la correspondiente censura. A veces a una carta le falta un trozo o una hoja entera. Cuando somos nosotros que las escribimos, tenemos que entregar el sobre abierto. Casi nunca sabemos si llegan a su destinatario. Yo, que estuve más de dos años escribiendo cada semana a mi madre para que me sacara de allí, ahora dudo que las cartas llegaran a sus manos. En cierta ocasión intenté escribir una carta pidiendo comida a mi madre. Me la hicieron corregir. No lo entendí, no eran faltas de ortografía lo que les molestaba, sino aquello de «paso hambre». Lo borré. No valía; tampoco tenía que pedir comida.
No tardé en darme cuenta de que nunca recibiría «paquete» y que lo único que me quedaba era apoderarme del «paquete» de los demás.”