miércoles, 23 de marzo de 2011


Liz Taylor, in memoriam

















Elizabeth Rosemond Taylor fue una niña prodigio que vivió para
contarlo. Cuando protagonizó ‘Lassie’, pudo quedarse en otra Shirley Temple,
pero fue a más. Era guapa a rabiar en una época en la que aún no se llevaban la
mujer alta y delgada (como tu madré, morená y saladá). Ahora, a Liz Taylor le
habría llamado culibaja y a Marilyn, fondona. Entonces era el canon. En los primeros años sesenta, un
club de jubiladas de Londres colgó en su sede social este cartel: «Tenemos todo
lo que tiene Liz Taylor, sólo que desde hace más tiempo».







Conoció a Richard Burton durante el rodaje de Cleopatra, cuando ya estaba rodada como
estrella, como esposa e incluso como viuda.
Su notable
biografía sentimental —ocho matrimonios y otros tantos divorcios— solamente ha
sido igualada en Hollywood por Stan Laurel, y superada por
Zsa Zsa Gabor, con nueve. En esto, Liz fue también niña
prodigio. A los veinte años ya se había casado dos veces, a los 26 ya había
enviudado de su tercer marido, al que guardó un luto cortito, porque antes de
cumplir los 27 se casó por cuarta vez, ésta con el cantante Eddie Fisher. Después de Richard Burton
probó suerte con un senador, en un matrimonio que fracasó pronto, aunque no
tanto como el siguiente, que no llegó a contraer, porque el aspirante, el
abogado mexicano Víctor Luna, tomó el olivo días antes de la fecha fijada para
la boda.


Aún probó suerte una vez más con un joven obrero de
la construcción, Larry
Fortensky, que hizo
buena la leyenda urbana del ejemplar comportamiento de los albañiles. Doris Day
habría conservado la virginidad. Ella mantuvo su apellido.















Una
columnista del Sunday Times escribió:  «Su fama de promiscua es injusta… Se basa en su voluntad de
hacer las cosas de la manera decente y casarse con todos los hombres con
quienes se acuesta».


Richard Burton se
convirtió en su quinto marido y debió de cumplirse el aforismo taurino de que
no hay quinto malo, porque Burton fue también el sexto.  Tras
diez años de matrimonio, se divorciaron en 1974 para volver a casarse un año más
tarde y seguir cos sus peleas. La historia se repite, pero como habría dicho
Carlos Marx, la segunda fue en forma de farsa. “Nunca segundas partes fueron
buenas”, decía la cultura popular no marxista para  explicarlo. Sólo duró un año y tenían las broncas tan
programadas que en los hoteles reservaban las habitaciones colindantes para no
molestar a terceros. «Parecemos Laurel y Hardy», dijo irónicamente Richard
Burton. Hicieron nueve películas juntos, aunque no solos. En casi todas les
acompañó el alcohol, (Carlos, el III) en cumplimiento de la sentencia de otro
Marx (Groucho): «El matrimonio es una cruz tan pesada que tienen que llevarla
entre dos ¡y a veces entre tres!».





Conoció al
gran Montgomery Clift a los
17 años en una excelente película de George Stevens, ‘Un lugar en
el sol’ y allí nació una amistad que duró hasta la muerte del actor. La
durabilidad de la relación se explica quizá (como la que tuvo con Rock Hudson)
por  la  homosexualidad de los dos actores, pero  la
cosa tuvo sus más y sus menos. Monty consideraba a Liz «la mujer ideal», y su boda
con el heredero de la cadena Hilton, le costó un disgusto notable. No tienen
razón quienes la achacan inestabilidad sentimental.
Su
tendencia a divorciarse de maridos quedaba compensada por la de enviudar de sus
amigos.