sábado, 12 de febrero de 2011

Carpe diem


Cayó Mubarak. Al fin, podría escribirse al constatar que llevaba 30 años al frente de Egipto, si no fuera porque hasta hace unos días no parecía molestar a nadie. Le aplicábamos la eximente de 'nuestro hijo de puta' que acuñó Franklin D. Roosevelt para Anastasio Somoza. Era uno de los nuestros, miembro de la Internacional Socialista, un mal menor para Israel. ¿Cómo hemos estado tanto tiempo sin enterarnos? Muy sencillo: a base de no mirar.

Hasta que un día la plaza Tahrir de El Cairo reventó por las costuras y el mundo descubrió una tiranía con tres décadas de antigüedad. El momento está recogido con imagen canónica en la foto de AFP que abre la portada de El Mundo: el niño besando al soldado. Las revoluciones se bautizan con la fotogenia de los niños, el futuro, la esperanza, la alianza sagrada del pueblo y el ejército. "O povo é quem mais ordena", escribió José Afonso en la canción de la revolución de los claveles, que también tuvo su poster en aquella niña rubia que se empinaba sobre sus pies descalzos para meter un 'cravo' en la boca de un fusil. Aquella revuelta llevó a Portugal resultados duraderos, aunque la imagen idílica del póster no duró mucho. Yo mismo, insobornable turista de la Revolución,  no podía entender en el declinante verano del 75, tiempo de consejos de guerra y condenas a muerte aquí, que nuestros lógicos intentos de asaltar la Embajada de España en Lisboa fueran impedidos y nosotros corridos a boinazos por los tipos del Copcon. ¿Cómo era posible que el camarada Otelo Saraiva de Carvalho nos hiciera aquello?

Aquella alegría del encuentro entre el pueblo y el Ejército era también la que se vio en las calles de Puerto Príncipe en 1986, en los días de la deposición de Baby Doc Duvalier, excúsenme de hacer descripciones minuciosas ¿Recuerdan unos años antes nuestra alegría por la caída del Sha? Aquí, mucho más cerca, recuerdo una imagen de mediados de julio en San Sebastián, tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Ertzainas con verduguillo protegían la sede de HB ante la que se habían concentrado un par de centenares de personas. Uno de los policías se quitó la capucha y después los otros. Y hubo abrazos entre policías y manifestantes y hubo mucha emoción y algunas lágrimas. Hoy, quizá la escena se repitiera para que todos, alborozados, saludaran la legalización de Sortu.

Así está el tema. Este momento de la foto es mágico y seguramente irrepetible. La caída de un tirano es siempre una buena noticia, pero los motivos para la alegría no acostumbran a ser muy duraderos. Carpe diem.