miércoles, 16 de febrero de 2011


...Continuación



Decíamos ayer, con permiso de Fray Luis, que el mundo estaba en vilo a la espera de la respuesta de Arcadi Espada a la especie de artículo que publicó Cercas el domingo en defensa de la mentira literaria en los periódicos. Apenas cuatro horas después de colgar el comentario, apareció la respuesta de Espada.

Un lector de Periodista Digital hizo ayer la interpretación más atinada de los que se han podido leer sobre la polémica:

No sé si merece la pena aclarar que se trata de una calumnia intencionada: como Cercas ha defendido que cuando Rico o Millás hablan de sí mismos en sus columnas no se trata de ellos, sino de personajes de ficción homónimos, Espada se la devuelve escribiendo una columna en la que el 'personaje de ficción' Javier Cercas es un putero. La idea es que si Cercas se queja, le estará dando la razón, al reconocer que no se puede ni se debe mentir en una columna de opinión


La réplica de El País ha sido inmediata. En la información y también en la opinión.  Lo más notable ha sido esta columna del director adjunto Lluís Bassets, que incluímos aquí deconstruída:






LLUÍS BASSETS

Mentirosos

LLUÍS BASSETS 16/02/2011

Uno mintió cuando dijo que no fumaba. Defendió luego su derecho a la mentira poética. El otro mintió cuando dijo de alguien que había sido detenido en una operación policial en Arganzuela contra una trama de explotación sexual. [El columnista empieza por desenfocar el debate o como queramos llamarlo. La polémica no es entre Arcadi Espada y Francisco Rico, sino entre el primero de los citados y Javier Cercas, ese 'alguien', a propósito de la defensa que éste hacía de la licitud de la mentira en el periodismo de opinión] No sé yo cómo hará luego para defender su derecho a mentir. ¿También razones poéticas? [Evidentemente, no. Una vez aceptado el derecho de los periodistas (o de quienes ejercen de tales) a mentir por buenas causas, aquí se habrían impuesto las razones didácticas].
El contraste no puede ser más claro. Uno con la palabra quiere reforzar la retórica falaz de su defensa del tabaco. [Justo al revés: con la falacia, Rico trataba de reforzar su defensa del tabaco] El otro la utiliza para desacreditar a quien detesta y perjudicarle en su fama y en su reputación. [¿Cómo se llega a conocer las intenciones de un acto humano si el autor no las expresa?]
Uno con sus mentiras no perjudica a nadie, salvo a sí mismo. El otro con las suyas hiere y con contumacia: quiere herir y dañar. [Sigue el juicio de intenciones al atribuir contumacia: quiere herir y dañar. Es admisible que hiere, a la vista está. Pero, ¿por qué no pensar que se trata simplemente de una demostración por reducción al absurdo?] Hay un abismo entre ambos. Uno jamás habla de moral, mientras que el otro se la lleva a la boca en cuanto le dan la ocasión. [He aquí otra falacia notable. 'Jamás' quiere decir 'en ninguna frase de este artículo' al referirse a Rico, (puesto que parece que sigue sosteniendo este falso antagonismo). Otra interpretación sería absurda. Una persona como Rico ha tenido que referirse muchas veces a la moral a lo largo de su vida. Al referirse a Espada (se la lleva a la boca cada vez que tiene ocasión) parece que le está ajustando cuentas en un largo periodo de tiempo]
La frivolidad de uno y la inmoralidad del otro nos aleccionan sobre el sonido hueco de ciertas palabras y los escasos escrúpulos de quienes percuten sobre ellas como en un tambor. [¿No sería más apropiado concluir que esto nos alecciona sobre el peligro de la mentira en el periodismo? En el caso de la mentira de Rico que complacía a Cercas con un coste 'pequeño': inducir a error a los lectores de El País. Lo de Espada es una mentira que ha  dañado a Cercas, pero éste no tiene razón al reafirmarse hoy en que Rico hizo 'un chiste evidente'. Para mí mismo: conozco y admiro la obra de Rico, pero nada sé de sus hábitos tabaquistas o de sus rutinas sexuales. Al hilo de todo esto, Espada hizo otro chiste evidente a costa suya]. Quien esto hace no es un mentecato, o no solo, es sobre todo un inmoral. Y lo peor es que lo que ha destruido su sentido moral y su credibilidad como periodista no es más que la vanidad. [Ahora le concede el oscar a toda su carrera, pero deberí tener en cuenta que también en esto se equivoca: el pecado mortal del periodismo no es la vanidad, pecadillo menor, hermano pequeño de la soberbia, sino la mentira. El buen periodismo es compatible con la soberbia de quien lo ejerce; con la mentira, no].