sábado, 11 de diciembre de 2010

Una silla vacía






Durante mucho tiempo pensé que entre los objetivos de la Fundación Nobel estaba la de ponernos a buena parte de los humanos frente al espejo de nuestra ignorancia. Estabas confiado y satisfecho de que en 2007 le hubieran dado el premio a Doris Lessing y al año siguiente, zas, se lo daban a un tal Le Clézio, del que jamás habías oído hablar a pesar de ser vecino. Con el Nobel de la paz pasaba algo parecido: se lo daban a muchos desconocidos, aunque esto era más normal. La lucha de los héroes civiles no está en los escaparates de las librerías, como la de los escritores, y cuando eran conocidos, la cosa era peor, aunque no siempre. Recuerden que este premio se lo dieron a Henry Kissinger y a Le Duc Tho, a Menahem Begin y a Yassir Arafat. La santidad de quienes fueron cocineros antes que frailes. El caso de Arafat es muy notable, porque denota la perversión del lenguaje de las almas pías para acercarse a la realidad. En noviembre de 1974, Arafat hizo su histórico discurso ante la Asamblea General de la ONU. Allí dijo:
"Hoy vengo aquí con mi fusil de combatiente de la libertad en una mano y una rama de olivo en la otra. No dejeis que la rama caiga de mi mano".
A mí también, embobado en las metáforas,  me pareció entonces una hermosa proclama pacifista. Es evidente que se trataba de una amenaza implícita. Vosotros vereis.

¿Recuerda usted a quién se lo dieron el año pasado? Fue a Barack Obama y dos años antes a Al Gore. También, váyase lo uno por lo otro, se lo dieron a Martin Luther King, Lech Walesa, Nelson Mandela, la madre Teresa, Albert Schweitzer y un etcétera. Algunos de ellos no pudieron ir a recogerlo, como Walessa y Sajarov. Sólo dos países boicotearon el premio y censuraron la ceremonia: la Alemania nazi, en 1935, cuando la Academia noruega premió a Carl von Ossietzky, y China, este año contra Liu Xiaoboo. La geografía de sus países de origen define el mal del siglo XX y lo que llevamos de XXI en el mundo: el totalitarismo 

La foto de esa silla vacía en Oslo, mientras en Estocolmo, el resto de los premiados "recibían un cometa de las manos de un rey profesional" por decirlo con las palabras de Neruda, es un emocionante monumento a la dignidad. No pudo hacer el premiado su discurso de agradecimiento. En su lugar, la actriz Liv Ullman leyó el alegato de Liu contra su condena, "no tengo enemigos". No está en inglés por esnobismo. En toda la red no me ha sido posible encontrar la versión en castellano, aun después de la  simbólica entrega del premio a esa silla vacía.

Nuestros gobernantes no han estado a ala altura. La ministra de Cultura no ha aprovechado su presencia en la gala de entrega de premios para decir algo a las autoridades chinas; se ve que la pobre ya agotó sus recursos cívicos contra el mal en el plantón al alcalde de Valladolid.

Otro tanto cabe decir de nuestro presidente. Recuérdese que en mayo pasado, el presidente chino Hu Jintao fue uno de los que lo llamaron por teléfono para exigirle el paquete de recortes que puso en marcha. Tendría que haber un quid pro quo: una llamada de José Luis para explicar a su colega Hu un par de cosas sobre la libertad de expresión y exigirle que libere inmediatamente a Liu Xiaoboo. Pero Zapatero no es Dutton Peabody, el editor del Shinbone Star en 'El hombre que mató a Liberty Valance'. ¿Cómo puede compararlos siquiera, si éste era un borrachín? Hace un mes estuvo en China, pero no le cabía en la agenda una petición explícita, no fuera ser que sus interlocutores se cabrearan y no compren nuestra deuda. Asuntos Exteriores se negó a confirmar por adelantado la asistencia del embajador español en Oslo a la ceremonia. Durante el semestre de la presidencia española, España se limitó a sumarse en el furgón de cola a la petición de la UE a China. Nuestro Gobierno empleaba sus energías en romper la posición común europea de presión a la dictadura castrista. Es asombroso, pero al campeón de la extensión de derechos no se le conoce un solo gesto decidido a favor de las libertades en el mundo.