jueves, 2 de diciembre de 2010

Siempre nos quedará Marruecos


Nuestro presidente es un crisóstomos. Recuerden aquel momento inolvidable en que explicó a Chirac y Schroeder las aficiones  de su antecesor, Felipe González: Every day, bonsais. Ayer se superó. Sentado junto a su homólogo marroquí en Trípoli, se puso campechano y, de análoga manera en la que le dijo a Mohamed V en Nueva York: "lo importante es la foto", espetó a un desprevenido Abbas El Fassi: "Always Marruecos". ¿Mande? dijo su intorlocutor, que no pilló la gracia y tuvo que intervenir la intérprete para traducirla al creyente.

Probablemente tampoco habría sido comprendido si hubiera dicho 'Morocco', que es como se dice Marruecos en inglés, pero no es culpa suya, sino de la falta de cultura cinematográfica de sus interlocutores. Recuerden ustedes, que una de las secuencias más emotivas de Casablanca, cuando Rick renuncia a Ilse, le dice: "Siempre nos quedará París"(We'll always have Paris). Claro que él no podía limitarse a repetir la frase de Bogart, por eso recurrió al quiasmo, que más que un rasgo de estilo, es de carácter en Él (la libertad nos hace más verdaderos): Siempre nos quedará Marruecos. We'll always have Marruecos. Y el Sáhara, por añadidura.

Para rematar, ayer nos enteramos de que uno de los informes que ha hecho públicos Wikileaks, dice de nuestro presidente: "Pensamos que no habla inglés, aunque podría entenderlo". Han han debido de pedir el informe al espía sordo.

Mensaje para navegante al margen.- ¿Se ha fijado el remero Aitor Mento que su hallazgo de Pepe Leaks se traduciría al castellano como Pepe Gotera? Lástima de crisis de Gobierno, porque Moratinos quedaba estupendo de Otilio.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Hermann Tertsch. Presentación

Hermann Tertsch ha colocado en la portada de su libro una palabra maldita, “libelo”, para describir una batalla desigual que al autor se le plantea, cuando el director adjunto del periódico en el que trabajaba, le llama para darle cuenta de la decisión de la empresa:

“Has sido desleal con el periódico y le estás perjudicando. Por eso hemos decidido que tienes que abandonar las colaboraciones externas. Y no solo las de Telemadrid. Todas las colaboraciones externas. Porque si sigues en Onda Cero, con Carlos Herrera, seguirás diciendo lo que opinas. Sería más de lo mismo”.

Pensemos un poco en ello. Sería comprensible la prohibición con el argumento, pongamos, de que “tienes un contrato que te vincula a nuestra empresa con carácter exclusivo. No queremos que desperdigues fuera del periódico ni una micra de tu talento. Todas tus metáforas son nuestras”.

Tendría un pasar, ya digo, pero esa acusación de deslealtad por manifestar sus opiniones en colaboraciones externas es la más acabada confesión de totalitarismo en prensa de la que yo he tenido noticia desde que estoy en esto. Hay una consideración adicional no expresada, pero implícita: de que no las expreses en el diario ya nos encargaremos nosotros.

Soy, en cierto modo, un testigo privilegiado de la gestación de este libelo. No porque estuviera presente cuando sucedieron los hechos, sino porque en aquellos días de 2007, Hermann y yo hablábamos casi a diario. Todo el relato se corresponde exactamente con la crónica que el autor me hizo día a día de sus desventuras. No hay, sobre ellas, elaboración literaria, no hay un análisis posterior que empuje suavemente los hechos para acomodarlos en una perspectiva conveniente para el autor.

Es más: el hecho verdaderamente insólito de que el presidente de PRISA anunciara en la Asamblea General que ‘la contradicción Tertsch’ ha sido superada y que los accionistas podrían comprobarlo en las semanas siguientes, fue interpretada con benevolencia por la víctima: la misma que pone en el libro para considerar que Polanco estaba ya muy tocado por la enfermedad, y disculpar una actuación evidentemente aberrante.

Debo confesar que a mí me costó un poco digerir el término ‘libelo’. Soy lector antiguo de Hermann Tertsch, desde aquellas excelentes crónicas sobre el centro y el este de Europa a la hora de lo que un Visconti de este tiempo habría llamado ‘La caída de los dioses’. De aquel tiempo data un libro suyo que es lo mejor que yo he leído sobre la materia: ‘La venganza de la Historia’. Todavía hoy sigo recomendándolo a mis alumnos del master de ‘El Mundo’ que quieren documentarse sobre esa tragedia que empezamos a vivir a finales del siglo XX.

Ese libro me lo recomendó con entusiasmo José Mª Calleja, una ya lejana noche en la que fui a cenar con él y con Ana Aizpiri, una gran periodista de ETB y mejor persona aún, que en años recientes había sufrido el asesinato de su hermano Sebastián a manos de ETA. El recuerdo de aquello y de tantas amistades rotas por el virus cainita que el zapaterismo ha inoculado a la sociedad española, me recordó el relato que el periodista e historiador, Sebastian Haffner, hizo de los primeros años del nazismo y de los desgarros que las posiciones políticas introdujeron entre aquellos amigos suyos que preparaban juntos oposiciones a la judicatura.

La analogía que acabo de citar es solo analogía, no se tome en sentido literal, pero me lleva a otra entre ‘Historia de un alemán’ y este libelo que hoy presentamos. Es el planteamiento de un duelo entre dos contrincantes desiguales: un Estado poderoso y un individuo particular, un periodista. El nuestro no es, evidentemente un estado nazi, pero sí tenemos un Gobierno y un partido que difuminan los límites entre una cosa y otra, y entre los tres poderes del estado.

Hay alguna otra analogía pertinente: la liquidación de la vieja guardia felipista por las juventudes zapateristas, la exaltación de la juventud como un valor intrínseco, la incitación a conseguir lo imposible… En fin, recuerden la descripción que Haffner hace de cómo jóvenes con los estudios sin terminar y sin experiencia acceden a las direcciones de los bancos y díganme si esto no les hace recordar  a nadie entre las elites del zapaterismo.

El libelo de Hermann contra la secta tiene un nervio que lo recorre, un hilo conductor, que es la injusticia de que ha sido víctima, y la consiguiente indignación  que va hallando una a una las quiebras morales del discurso gubernamental. Hay un diagnóstico que comparto apasionadamente: una sentencia que el líder acuña en junio de 2005 y que es la piedra angular de su edificio conceptual.

Yo compartí vivamente la desazón de Tertsch al oírla. En un artículo que Arcadi Espada escribió en El Mundo en febrero de 2008 para darme la bienvenida al periódico como columnista, lo contó así:

“La legislatura ha tenido un lema señorial: ‘las palabras han de estar al servicio de la política y no la política al servicio de las palabras’. Fueron pronunciadas por el adolescente cuando aún lo era, y son exactamente el último plan ético y estético que el nuevo columnista del periódico abrazaría. De hecho, creo que las consideró una suerte de declaración de guerra a la que ha respondido con elegancia, ironía y sentido del deber…”

Esas palabras eran realmente un casus belli, porque constituyen la esencia de un estilo de gobierno basado en la falta de respeto a la verdad.

“La palabra como arma para destruir voluntades”, escribe Tertsch, “acabar con la carrera o la reputación de los enemigos. La palabra para confundir realidades, crear espacios falsos”!. Sostiene el autor, con bastante fundamento que “esa frase es un lema totalitario impropio en boca de un gobernante democrático y humanista. Sí se esperan de Castro, Idi Amín, Mugabe o Stalin… Algunos se lamentan de que Zapatero no diga lo mismo con la misma palabra en una situación o en otra. Otros, de que elija sus palabras como al azar, para ir llenando huecos”.

Estoy de acuerdo. A veces, ni siquiera es la mentira, sino lo que el politólogo Harry G. Frankfurt llamó ‘bullshit’, palabra que se ha traducido en la edición española de su libro por ‘charlatanería’. Un mentiroso sabe lo que es la verdad, puesto que la niega, de manera análoga a aquella en la que el blasfemo cree en Dios y esa  creencia constituye la esencia, la condición necesaria de su transgresión. Lo más característico del zapaterismo consiste en un suave agnosticismo, en la indiferencia ante los hechos que les lleva a decir una cosa o su contraria, depende de lo que exija la política del momento.

Así, “bajar los impuestos es de izquierdas” dijo el presidente en 2005 a los miembros del Comité Federal del PSOE. “Subir los impuestos también es de izquierdas”, dijo su vicepresidente tercero en 2009. Pero en otro Comité Federal dijo muy serio que “luchar contra el tabaco y el alcohol es de izquierdas”, sin que ni uno solo de sus miembros se atreviera siquiera a sonreír.
Fíjense donde radica el meollo de la democracia para este hombre, según momento y lugar:
"La participación es la esencia de la democracia" (11-1-2003)
"La igualdad es la esencia de la democracia" (13-5-2003)
"La aceptabilidad de la derrota es la esencia de la democracia" (22-7-2003).
"Todo Estado tiene la obligación de proteger a sus ciudadanos del terrorismo, sin traicionar la esencia de la democracia, preservando (que son)  nuestros derechos y libertades irrenunciables" (10-3-2005)
"La Constitución es la esencia de la democracia" (16-7-2005)
“La cintura es la esencia de la democracia” (23-5-2006)

"Los medios de comunicación libres son la esencia de la democracia" (31-12-2008)

¿Cómo se puede explicar una democracia tan multiesencial? 

Tenemos el primer presidente de Gobierno no gubernamental de la historia de España y esta viva paradoja lo tiene preso entre la epistemología y la etimología. Él es un hombre con un acabado intelectual insuficiente para la tarea que le ha tocado en suerte. Me voy a referir a ello con un par de ejemplos:

En 2007, su amigo y autor de cabecera, Suso de Toro, publicó una biografía muy autorizada, `Madera de Zapatero’. Allí cuenta una anécdota terrorífica, su conversación con un sencillo pastor mientras pescaba en las orillas del río Cueño:
“Lo encontré por la orilla del río, charlamos un rato, preguntó qué estudiaba y le contesté que la carrera de Derecho. Me dijo: “Soy pastor, no he podido estudiar, pero se acordará de una cosa que le voy a decir”. “Dígame, dígame usted”. “Las cosas que se aprenden sin estudiar no se olvidan”. Lo he repetido muchas veces.

A mí me pareció tremendo que el hombre que nos gobierna tome por conocimiento las habilidades psicomotrices básicas: andar, nadar, montar en bici, copular. Ese “lo he repetido muchas veces” es, al mismo tiempo, una declaración de guerra al esfuerzo personal, al estudio y al trabajo. Tal como dice Tertsch, se trata de:
“La fobia a la excelencia, el ataque a las formas, a la meritocracia y a la elegancia como condenable elitismo, el desprestigio del esfuerzo, el desprecio al escrúpulo y a la autoridad, así como el igualitarismo a la baja de una tiranía cultural obsesiva e hiperactiva”.

Y vino un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era José Luis. Esto explica que se atreva a enmendarle la plana a Juan Evangelista: “No es la verdad la que nos hace libres. Es la libertad la que nos hace más verdaderos”.

Él y su entorno perciben esta predestinación. La biografía de Suso de Toro cuenta una anécdota que él ha repetido después en un par de ocasiones: Para su madre, él es el elegido, el preferido. Cuando su madre se está muriendo, le pregunta: “Mamá, ¿tú crees que llegaré a presidente del Gobierno?” y ella responde: “Sí, estoy segura”. Una afirmación así, con el pie puesto en el estribo es, en realidad, un ungimiento. Después de estas palabras, un evangelista cabal debería escribir: “E inclinando la cabeza, expiró”.

La anécdota es altamente improbable. No creo que nadie, ni siquiera él, sea capaz de acercarse a su propia madre agonizante para hacerle semejante pregunta. Y si lo fuera, su padre, un hermano, le darían tal cogotón que se comería el cabecero de la cama. Eso, sin descuidar la posibilidad de que la agonizante respondiera: “Sí, hijo, ¡para adivinanzas estoy yo ahora!”

Él lo cuenta porque cree en su predestinación y cree que esta anécdota le favorece. Es lo que su primo y asesor, José Miguel Vidal Zapatero considera la ontología de José Luis:

Tiene una tranquilidad ontológica. Esa calma pone muchas veces nervioso a su entorno, los que estamos y le interpelamos. Él siempre piensa que los problemas surgen y acaban reajustándose. En él ese pensamiento no es por el paso del tiempo, la experiencia, sino estructural. Ya era así. José Luis es como era. Y sigue siendo como es.

Anoten que ya desde niño creía que los problemas se resuelven solos. Pero sigamos: Tras la comparecencia de Pilar Manjón ante la comisión de investigación del 11-M en el Congreso, el presidente fue a buscarla. Y le dijo:

"He seguido su intervención desde mi despacho. Gracias a usted soy mejor de lo que soy",

declaración con la que Zapatero superó a la Mismísima Zarza Ardiente del Sinaí. Poco antes de confiarle las tablas de la Ley, Yavéh dijo a Moisés: "Yo soy el que soy", pero jamás se le habría ocurrido decir: "soy mejor de lo que soy". El imposible (ontológico) vencido.

El Zapatero que se siente orgulloso de su desplante a la bandera estadounidense en 2003, abunda en 2007: 

La derecha trata de agarrarse, para salir del rincón de la historia, al imperio americano. Es la condensación de todos los complejos ideológicos de la derecha. Es una derrota total, una entrega total del país, pero vestido de patriotismo. Es lo más contradictorio. Es lo más antipatriota.


El 30 de julio de 2009, el mismo que había pronunciado estas palabras ante su biógrafo, se dirigió a sus compatriotas para pedirles: “La cuestión no es qué puede hacer Obama por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por Obama”.

Los colaboradores de Zapatero se han propuesto buscar el mayor número de similitudes entre su jefe y Obama. Dicen que, además de haber nacido ambos el 4 de agosto, son altos, delgados, tienen dos hijas, leen a Borges y les gusta mucho el baloncesto. Faltaba añadir: “los dos son negros”.
 Tienen -es la última aportación- pasión por internet. Zapatero ha hecho instalar en el avión presidencial un sistema de conexión a Internet como el que Obama tiene en el Air Force One y aprovecha sus desplazamientos para navegar por la Red. De hecho, no suele dejar pasar ni un solo día sin conectarse durante unos minutos, dedicando una especial atención a las webs de los periódicos. Un presidente de Gobierno en el siglo XXI.

En una entrevista de Millás, publicada en julio de 2006 cuenta lo siguiente:
–Mi hermano era del PC, y muy activo, y mi padre había colaborado con el PC en la clandestinidad. Recuerdo que en mi casa había una multicopista de esas. ¿Cómo se llamaban?

–¿Vietnamitas?

–Eso es, una vietnamita. Pero mi padre ya votó al PSOE en el 77. Marx es un extraordinario pensador y un excelente analista del capitalismo. Pero le falta reflexión sobre la democracia. El monopolio económico produce efectos negativos. El origen de la izquierda se encuentra en los valores de la Revolución Francesa, que es una revolución ciudadana porque se enfrenta a quienes en esos momentos monopolizan el poder: la nobleza y el campesinado.

Zapatero y la lucha de clases en Francia. Vayamos por partes: No es probable que el decano del Colegio de Abogados de León ocultara en casa una vietnamita. En los años 70, el PCE imprimía Mundo Obrero en Offset. Y luego, alguien debió explicarle, quizá el propio entrevistador: “No, mira, presidente: lo del campesinado es lo de los chinos. Lo que debes decir es ‘terratenientes’.

En la primera entrevista de Millás, Zapatero desmitifica el poder: “Yo, cada noche, le digo a mi mujer: no sabes, Sonsoles, la cantidad de cientos de miles de españoles que podrían gobernar”.

Esto es lo que Hermann llama ‘la selección de lo peor’. Con un banquillo como así no debe de tener miedo a las crisis de Gobierno, aunque con tal criterio de selección, no es de extrañar que le salga lo que le sale. El pasado verano, la número 3 del partido, y futura ministra de Sanidad, nos advirtió de que “El PIB es masculino”. Hombre, claro… ¡Si es tan bruto!  Este fin de semana, después de que la ministra se luciera con la custodia de los ’cónyugues’, uno de los participantes de mi blog que firma como ‘Luigi’, renombró el cargo más adecuado para ella. “Leire Pajín, ministra sin cartilla”.

Sin embargo, él no parece percibirlo como carencia. A comienzos de este otoño, el PSOE celebró en el Congreso el centenario de la primera acta de diputado conseguida por Pablo Iglesias.

Zapatero contó en su intervención una anécdota que consideró muy representativa del sentido de responsabilidad de los diputados socialistas: al votar la investidura de Felipe González en 1986, su compañero de escaño había recortado medio folio en el que había escrito “SÍ” con letras mayúsculas, para no correr el riesgo de equivocarse a la hora de votar. No sé ustedes, pero a mí me toca hacer equipo con alguien así y en lugar de pensar: “mírale qué listo y precavido”, habría recurrido al magisterio del conde de Romanones para exclamar: "¡joder, qué tropa!"
 Y todo en medio de una orgía de satisfacción que le permite autopiropearse con cualquier pretexto. Oigan este ejemplo:

He descubierto mi vinculación con las embarazadas. En Jerez, una mujer a la que faltaban tres meses para dar a luz me dijo: “Gracias, en nombre de todas”.

Zapatero sí ha triunfado en una cosa, en lo que Hermann Tertsch llama “una de las gestas tristes del presidente”: que es dividir a los españoles en dos bandos, la vuelta a las dos Españas de nuestras grandes tragedias colectivas. La activación de la memoria histórica, ese alzheimer que nos permite borrar la imagen de la transición para avivar los rescoldos de la guerra civil, en un intento imposible de ganarla con efecto retroactivo.

Hace algún tiempo oí a Hermann una expresión muy afortunada para retratar esto. Le contaba yo mi incomprensión básica acerca de la evolución última de Carrillo. Uno, que no es perfecto, militó en el PCE durante la transición y no podía entender aquello. Una cosa es que yo estuviera en el error, que lo estaba, y otra que hubiera caído en él sin dos iniciativas de Carrillo: la primera, la política de reconciliación nacional, aprobada por su partido en junio de 1956. La segunda, su rotunda condena de la invasión de Praga por la URSS en aquel agosto de 1968. Hermann me lo explicó con una frase lapidaria: “Le han convencido de que sus diez minutos de gloria no estuvieron en la transición, sino en Paracuellos del Jarama”.

Para conseguir esto hay que empujar los hechos con las opiniones, sustituir la historia por la novela histórica y por una parte de nuestra memoria. De ahí que nuestro presidente solo ha hablado de uno de sus abuelos y no justamente del que lo trajo al mundo en Valladolid, donde era médico pediatra. Niega al único abuelo que conoció, el que le mimaría de niño, le daría propinas a escondidas y le contaría las historias que a todos nos han contado nuestros abuelos.

De ahí para abajo, todos. La vicepresidenta de la Vega se encastillaba en su condición de hija de represaliado por el franquismo. Su padre lo fue temporalmente, pero el franquismo lo rehabilitó. Un Consejo de Ministros presidido por Franco lo nombró delegado de Trabajo en Zaragoza en 1955, a petición de José Antonio Girón de Velasco, cargo en el que permanece hasta 1963. Es decir, que entre los seis y los 14 años de su edad, la hija del represaliado le veía en las fiestas señaladas con camisa azul y chaqueta blanca. Tal vez tomaba aquello por un hábito de penitente, no sé. El 18 de julio de 1971, cuando ella había cumplido 22, Franco le impuso la medalla al mérito en el trabajo por su trayectoria.

Se tunean el pasado con una tenacidad admirable. Lo mismo que alteran la descripción del presente y mienten sobre el futuro. Este mismo sábado hemos conocido que el PSC tenía preparado un trampantojo, unas lonas pintadas con muñecos que enarbolaban banderas catalanas y socialistas para colocarlas en las gradas del Palau Sant Jordi en el caso de que no llegaran a cubrir el aforo. Con los mismos efectos especiales que en las películas de romanos para engañar a las cámaras de televisión.

Los tres grandes proyectos con los que Zapatero estrenó el poder han supuesto otros tantos fracasos espectaculares: la negociación con ETA, la memoria histórica y la reforma de la España Autonómica, a la que se ha sumado en esta legislatura su rotundo fracaso en la gestión de la Economía española.

Para terminar, voy a recurrir a las palabras de un amigo común, Carlos Herrera, que se ha enterado por el libro de que la colaboración de Hermann en su programa era una causa de su caída en desgracia. El pasado domingo publicó en el semanal una excelente columna, titulada: ‘Tertsch y su libelo’. Terminaba recomendando su lectura a todo el mundo, también a aquellos que integran lo que el libelo define como ‘la secta’:

“le reconocerá el estilo ágil e ilustrado, característico de un tipo que escribe sin red, que no hace prisioneros, que detesta a los mediocres con ínfulas y que razona con la pasión democrática de quien ama serena pero hondamente a su país.”