martes, 28 de diciembre de 2010

Qué culpa tiene el tomate (IV)




 Mañana terminará esta serie con un repaso a la Ley Sinde y algunas consideraciones en torno a la manera de enfrentarnos a los disparates, según estén a favor o en contra de nuestros intereses. Ánimo, que ya queda poco.



Lejos de propiciar ese debate, el Gobierno ha procedido mediante la improvisación y la chapuza; aquí le ofrezco a mi amigo Arcadi Espada una españolada más genuina que el vicio del gratis total, que solo empata quizá con la siesta y el botijo. En un principio fue la subvención, sobre cuya cuantía en España he aportado un dato: el cine español ingresa más por subvención que por taquilla. No descarto totalmente la subvención. El cine es una aventura cara y de resultado incierto. Por eso los bancos no invierten en películas. Mi alma socialdemócrata y mi corazón de aficionado creen todavía en el papel subsidiario del Estado en materia cultural. Sería una lástima que un escondido talento no pudiera aflorar por falta de medios. Pero la subvención debería ser la última bala para sus beneficiarios. Si el perceptor falla el tiro no habrá una segunda oportunidad y si acierta, deberá reintegrar el dinero percibido a las arcas públicas. No tiene sentido que las películas más rentables en taquilla, sean graciadas por el Gobierno con dinero suplementario

Casi la mitad de las películas que se ruedan cada año en nuestro país no llegan a estrenarse. ¿Tiene sentido que se rueden? Sí, porque es negocio. Hay películas que suman las subvenciones del Ministerio de Cultura, de la Autonomía correspondiente y los derechos de antena de las televisiones, pública española, autonómica y privadas que cubren la práctica totalidad de sus costes. Si además hace buena taquilla, redondeamos el negocio.

Los creadores son un grupo de presión notable. Como los 19 testigos inamistosos de la era McCarthy están dispuestos a arriesgar su carrera y hasta su libertad por la defensa de la libertad de todos. Hagan un experimento recreativo y véanse el agit-prop ‘Hay motivo’, que destacados cineastas españoles filmaron para las elecciones de 2004. Pregúntense cuando harán otro ‘Hay motivo’ a partir de las cifras del presente. El Gobierno reaccionó a las demandas como suele, poniendo en marcha una ocurrencia, y en una primera aproximación creó el canon digital. La compra de cada ordenador, cámara fotográfica, cd, dvd, blue ray, pen drive y material análogo, iría gravada con una tasa especial que se entrega a la SGAE para que esta la reparta entre sus administrados. Son unos céntimos y no servirán para compensar el lucro cesante por las descargas, pero es una aberración sin corregir.

¿Qué está mal del canon? En mi opinión, tres cosas:
1) Su carácter preventivo. ¿Por qué se trata a los compradores de material informático como delincuentes, como si esa compra fuera a ser empleada con toda seguridad para descargarse canciones o películas sin autorización? Al Tribunal Europeo de Justicia no le pareció adecuado. 
2) Su carácter acumulativo.
3) Su falta de equidad. Supongamos que soy un descargador compulsivo y me bajo de la red lo que me interesa ver y lo que no, lo que quiero oír y lo que no y que los ordenadores, la cámara fotográfica, las tarjetas, cd’s y dvd’s que compro no tuvieran otro fin que descargarme  música y películas. ¿Por qué la SGAE puede darle a Miguel Bosé el céntimo que corresponda de un cd que he comprado presumiblemente para bajar una canción de James Brown? Cuando se apruebe la Ley Sinde, ¿se eliminará el canon?
Cuando compro una aplicación informática, pongamos Office, y Microsoft actualiza el software, me ofrece la posibilidad de adquirir el nuevo por un suplemento. Esto no pasa en la industria discográfica. El primer disco que compré con mi dinero fue el LP (así se llamaba entonces) Sgt. Pepper’s de los Beatles. Poco a poco fueron cayendo todos. Llego un día en que la tecnología (y la baja calidad de mis tocadiscos) dejaron inservibles los vinilos. De manera análoga fui comprando los cd’s. Es muy probable que para Reyes decida regalarme todas sus canciones remasterizadas. Será la tercera vez que pago derechos por la misma obra.

A comienzos de este infausto año que termina, leí una entrevista con Manolo Escobar que me pareció interesante por insólita. (Es de esperar que nadie descalifique su opinión en función de sus gustos artísticos. Es un artista que lleva cincuenta años viviendo de esto): 

—Muchos artistas están reclamando el control de las descargas en Internet. Otros, en cambio, las aprueban. ¿Usted qué opina?

—Yo veo bien las descargas. Internet es un fenómeno mundial, global, y no se puede imponer una ley para ponerle freno. Antes la gente compraba mis discos porque les gustaba una sola canción. Ahora esa canción se la pueden descargar y no compran el disco, es verdad, pero bueno, es que estamos en el siglo XXI y no se puede evitar. Lo veo normal. Todos sabemos lo que es la Sociedad General de Autores... en fin. 


—Para usted, ¿lo que hay que hacer es trabajar el disco sobre el escenario dando conciertos y programando giras?

—Es que es lo que hay que hacer. Si a la gente le gusta bajarse las canciones por Internet pues el artista tiene que buscarse el trabajo por otro sitio y punto. Te lo buscas en el teatro, que ahí no entra Internet. 


Internet es un factor que permite a Shakira, por poner un ejemplo, dar conciertos con decenas de miles de asistentes y cobrar por uno de ellos lo que era inimaginable en un artista de su nivel hace quince años. Ya no hace falta organizar un Woodstock, ni ser Julio Iglesias o el difunto Sinatra para atraer al público en las mismas cantidades, pero todos los fines de semana. Ayer vi en una revista de peluquería un reportaje sobre Alejandro Sanz en su casa de Miami, embarcadero y yate propios, algo que probablemente no hubiera tenido antes de Internet. ¿Quiere esto decir que como es rico es lícito robarle? 

No y mil veces no, no caigamos  en el vicio Grandes. Quiero señalar con ello que hay algo de demagogia en las protestas tan enragés de los artistas. Internet permite por el momento que se acceda a su obra sin pagar sus legítimos derechos, pero no son solo perjudicados. También son los beneficiarios de una gigantesca plataforma publicitaria que nadie habría imaginado  hace veinte o treinta años. Ciertamente es necesario regular en lo que se pueda este asunto para proteger los legítimos intereses de los creadores, digámoslo una vez más. Rusia no es el modelo, pero China tampoco. Las improvisaciones, como el canon y la Ley Sinde en el montaje de la directora no son la solución. Hagamos la misma pregunta que ayer: ¿por qué no revisar a fondo, a partir del más amplio consenso, la Ley de Propiedad Intelectual?

Continuará... Y terminará, se lo juro.