domingo, 26 de diciembre de 2010

Qué culpa tiene el tomate (II)



Nunca me he bajado una canción de Internet. Tengo una cuenta Premium en Spotify que me cuesta nueve euros al mes y me permite oír la música que quiero cuando quiero en un equipo Sonos, además de en el iPhone y en el iPad. Creo que esto es perfectamente legal y sin embargo soy consciente de que no contribuye a garantizar el futuro de las tiendas de discos ni el trabajo de sus empleados. He dejado de comprar discos. El último cd que compré de músicos españoles fue ‘Mucho más que dos’, de Víctor Manuel, Ana Belén, Miguel Ríos y toda la basca. Por lo que cuesta un disco de Miguel Bosé o de Ramoncín, he oído en estos dos meses a los Rolling, Aretha Franklin, Dionne Warwick, Bruce Springsteen, Getz y Gilberto, Beethoven, Mozart, Bach, Vivaldi y Verdi, que recuerde a bote pronto. No he oído ninguna canción de Alejandro Sanz, aunque no descarto oír algún día Corazón partío o Lola Soledad y espero que ese mes ingresen en su cuenta los centimillos de la parte alícuota de mi recibo de nueve euros. Pero no pagaré veinte euros en la tienda por el cd completo.


Sí compro libros, en cambio. Sólo una vez me he bajado uno de Internet para una consulta, porque no encontraba el ejemplar que compré en la librería. Se trataba de ‘España, República de trabajadores’, de Ilya Ehrenburg. Tengo en casa dos enciclopedias que donaré al centro cívico de mi barrio o a quien quiera cargar con ellas. Mi mujer combate con tenacidad mis querencias fetichistas por los libros y me ha convencido de la conveniencia de deshacerme de unos cuantos volúmenes. Antes citaba de memoria. Para la exactitud del entrecomillado, recordaba el libro y el lugar que ocupaba en la página el texto deseado. Ahora basta Google. Esto seguramente vulnera derechos. Este mismo blog tiene fotos, links, videos de youtube. No comercio con él ni cobro un céntimo por leerlo, pero podría llegar a ser declarado ilegal, como todos los blogs.

Tengo aproximadamente un millar de películas entre vídeos y dvd’s. He comprado muchas de ellas, una parte importante en las promociones de los periódicos, y las demás las he grabado de televisión. ¿Es esto un fraude a los creadores de las películas?¿Debería bajar al videoclub de mi barrio –al menos hasta que lo cierren-para alquilar un dvd cada vez que quiera ilustrar un artículo con alguna ocurrencia de Billy Wilder, Woody Allen o Howard Hawks? Fui también cliente ocasional de los videoclubes que abrieron y cerraron en mi barrio y testigo del paso de las películas al cajón de los saldos a medida que las daban por televisión. Nunca aconsejaría a un parado que invirtiera su seguro de desempleo en la apertura de un videoclub.

En mi trabajo me veo ligeramente afectado por las descargas ilegales y no descarto que la afección sea más severa en el futuro. Me explico: Ocasionalmente he escrito guiones para el cine, aunque no creo que las descargas que se han podido hacer de esas películas hayan alcanzado un volumen tal que me hayan causado un daño patrimonial apreciable.

Los periódicos viven una crisis grave hasta el punto de que nadie cree que dentro de quince años la prensa va a ser como hoy. En realidad sufren dos crisis: la económica que padecemos todos, y la de Internet. Al principio fue la prensa gratuita. Para todo periodista era deprimente viajar en metro. El ratio prensa gratuita/prensa de pago era de 10 a 1 aproximadamente. Ahora sufre la misma crisis que la de pago.

Luego vino Internet. No es el mismo caso que el de las descargas ilegales, porque fueron los propios periódicos los que abrieron parte de sus contenidos a los internautas. El diario en el que escribo, por ejemplo, no permite la lectura gratuita de los artículos de opinión. Sin embargo, artículos míos y del resto de mis colegas de El Mundo circulan por la red de forma no autorizada.

Creo que poner en la red películas o canciones sin la autorización de sus legítimos propietarios debe ser un delito, quedar tipificado como tal en el Código Penal y perseguido en consecuencia. Ciertamente no se trata de intercambios de ficheros entre amigos, como proclaman los sofistas de las descargas, pero hay en sus contrarios algunas afirmaciones que me gustaría comentar.

Javier Bardem es un gran, grandísimo actor, pero no es Zola, por más que el hábito del abajofirmantismo tan en boga entre nosotros, le haya atribuido la condición de intelectual engagé. El viejo cachivache de ‘la alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura’, el único hallazgo conceptual que nos dejó el eurocomunismo.

Recuerdo a Bardem gritando aquella consigna contra la guerra de Irak: “Esto nos pasa por un Gobierno facha”. Entonces no nos pasaba nada todavía. El Gobierno había enviado un buque hospital que llegó a Irak después de la caída de Sadam Husein. Nos pasó después, según los creyentes en la teoría de que los atentados de Madrid fueron una respuesta de AlQaeda. Luego, ya con el Gobierno que retiró las tropas de Irak para mandarlas a Afganistán, hemos tenido 94 bajas entre nuestros soldados, pero esa es otra historia y necesitaría otro eslogan.

Admiro su trabajo como actor. Como también creo en la especialización, esta admiración por su capacidad interpretativa no puedo extenderla a su capacidad intelectual, a juzgar por el artículo por él firmado que enlazo más abajo. Algunos de entre ustedes me reprocharán, con razón, que estoy argumentando ad hominem, pero no es gratuito. Es una anotación al margen que creo pertinente. Esta es una de las razones por las que los artistas tantas veces abajofirmantes tienen a gente predispuesta en contra. Casi la mitad de los votantes (y clientes potenciales) se han sentido ofendidos en algunos actos de los artistas de la ceja. Uno de ellos inventó el cordón sanitario. Es un mal principio. El catón de todo el que aspire a vender algo, no importa qué, empieza con un mandamiento inquebrantable: “nunca insultes a un cliente”.

Por otra parte, tienen un representante sumamente antipático: la SGAE. Algunos de los excesos a que le lleva su voluntad recaudadora son ofensas al sentido común: colar a sus agentes en las bodas para espiar si se pone música, cobrar derechos al Ayuntamiento de Zalamea por representar el drama que lleva el nombre de su pueblo. ¿Debería demandar el alcalde de ese municipio a la SGAE por el uso del nombre del pueblo? Groucho Marx escribió una hilarante carta a la Warner Bross cuando quisieron demandarles por 'Una noche en Casablanca', basándose en el hecho de que ellos tenían registrado el título en la película de Curtiz.

El caso es que Bardem escribió un artículo en El País el pasado día 24. La versión web del diario lo tituló ‘El botón mágico’, aunque en la versión impresa cambiaba el título por otro más enfático: ‘Dejémonos de estupideces, ¡es robar!’, extraído de las penúltimas palabras de la pieza:

“Dejémonos de estupideces: eso es robar. Es la orgía del crimen, la bacanal de violaciones a  terceras personas”.

¿Orgía, bacanal, violaciones?¿Terrorismo informático? Comienza Bardem su artículo con un tomate que es un ejemplo canónico de analogía desdichada. La izquierda de cuando Bardem era niño cantaba una canción de Quilapayún que se titulaba ‘El tomate’, una declaración de principios a favor de los vegetales y radicalmente contraria a los intermediarios y a la industria manufacturera:

“¿Qué culpa tiene el tomate
que está tranquilo en su mata
de que venga un hijoputa
y lo meta en una lata
y lo mande pa’Caracas?



Continuará...