domingo, 26 de diciembre de 2010

Qué culpa tiene el tomate (I)






Tengo la sospecha de que estamos ya instalados en la polémica banal de los próximos meses: la batalla de todas las descargas. No quiero decir que este sea un asunto banal para los autores que sufren un quebranto en sus muy legítimos derechos porque sus obras son ofrecidas gratuitamente al público por marchantes no autorizados. Lo que es banal es la polémica que sustituye al necesario debate sobre los derechos de autor, a la necesaria reforma de la Ley de Propiedad Intelectual que el Gobierno no ha afrontado en los seis años y medio que lleva en lo suyo. Son banales, sobre todo, algunos de los argumentos que se arrojan de una trinchera a otra. 

A lo largo de los próximos días voy a tratar de desgranar observaciones, argumentos, críticas que me gustaría proponer como elementos para el debate. Me gustaría encontrar argumentos cruzados, que hubiera internautas que colocaran entre sus preocupaciones los derechos del autor y creadores que consideren, por ejemplo, que el canon digital fue una chapuza impresentable e indigna. Valdría, incluso que lo considerasen ahora después de que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea lo declarase ilegal. Es esperanza vana. Una de las dos Españas es partidaria de tirar al niño con el agua sucia. La otra prefiere obligarnos a beber el agua después de bañar al niño.

No hay que esperar demasiada coherencia. Quienes hoy son abanderados de la lucha contra la piratería y claman, a veces razonadamente, contra la apropiación ilegal del trabajo ajeno, pueden ser los mismos que consideran a Julian Assange un héroe de nuestro tiempo por la sustracción y venta de los papeles de Wikileaks y antaño maldijeran, también razonablemente, al traidor Perote, ¿recuerdan? Pues vayamos a ello.

Todo español que se precie (yo mismo) lleva en su macuto la cita machadiana “españolito que vienes”. Es la prueba de la existencia de dos Españas, porque naturalmente, la que va a helarnos el corazón es siempre la de los otros. Necesitamos un pretexto y se está perfilando uno perfecto para alimentar nuestras bajas pasiones en el asunto de las descargas no autorizadas de música, películas, libros, que en España adquiere proporciones enormes: somos uno de los países en el que más se piratean productos culturales del mundo. El hecho es impresionante si tenemos en cuenta que quien barre en televisión es el belenestebanismo y que su sacerdotisa suma ha pasado de los arrabales de la prensa rosa a ser portada de publicaciones de prestigio. Por lo que a nosotros respecta, Finkielkraut era un optimista cuando escribió ‘La derrota del pensamiento’.

Antes que nada deberíamos hacer una previa declaración de principios, posiciones e intereses. Soy periodista y me gusta el cine. Mis columnas están muy a menudo salpicadas de citas cinematográficas, más que literarias. Me gusta ir al cine. Me ha gustado siempre y voy estando mayor para cambiar de gustos. Nada hay comparable a la sala oscura, no, desde luego el dvd visto en el salón de casa o la copia pirata en la pantalla del ordenador. Me gustaría seguir yendo al cine de por vida, pero no estoy seguro de que pueda. Todo ha empezado a cambiar. Los cines se han convertido en minisalas de centros comerciales, adonde tienes que ir ya hoy si quieres ver una película. Ya no es lo mismo, pero ni siquiera podemos estar seguros de que esto dure.

Confieso que alguna vez me bajo una película, generalmente para rescatar alguna descatalogada o para reproducir textualmente una cita que me viene bien para un artículo. En este segundo caso se trata de películas que ya he visto en el cine o en televisión, como es obvio. Mi amigo Arcadi Espada considera, con Savater, que la Ley Sinde era muy blanda y que habría que penalizar a los usuarios como se hace en Francia o como se hace en Suecia con los puteros. Los cito porque son dos de las personas que más respeto intelectual me merecen. Y sin embargo Espada se pone en este asunto estupendamente apodíctico: Hace muy pocas semanas, con motivo de su nombramiento como director del Instituto Ibercrea, Blanca Berasátegui le hizo una magnífica entrevista en El Cultural.  Sin embargo, en el primer lance se desliza con una afirmación muy gratuita: “Espero que ese gusto español por lo gratuito -en todos los sentidos- se convierta pronto en un tópico. En una españolada.

En realidad quiere decir que es ya una españolada. Se trata de que masivamente se considere como tal, que se desprestigie esa supuesta debilidad autóctona por la gratuidad. La definición me parece relevante porque revela una cierta incomprensión de lo que pasa. En todas las facultades de Ciencias Económicas del mundo se estudia en los primeros días del primer curso que preferir lo barato a lo caro es un principio de racionalidad que rige las actuaciones del homo economicus. El consumidor no compra para hacer justicia social, ni para hacer patria, sino atendiendo al criterio básico de maximizar su utilidad. Un consumidor racional, prototipo del agente económico, preferirá lo bueno a lo malo y lo más barato a lo más caro. (Sí creo que difundir material cultural sin la autorización de sus legítimos propietarios, debería ser un delito, pero esta es una discusión que nada tiene que ver con la españolada. Ya llegaremos).

Continuará...