viernes, 31 de diciembre de 2010

Es como un don



Hubo en mi pueblo un hombre llamado Hipólito Martínez. Fue el primer rachel que estudió dos carreras universitarias, allá por los años treinta. Sus convecinos le llamaban, como lo habían hecho desde que era niño, por su hipocorístico: Poli. Un día, su padre interpeló a alguien que acababa de referirse a él así.
"Coño, Poli, a ver si os enterais de que mi hijo tiene dos dones, que para eso ha estudiado dos carreras". En aquel tiempo, el tratamiento  era privativo de la gente con estudios, no forzosamente universitarios. En los pueblos se llamaba de 'don' (o doña, naturalmente) a las fuerzas vivas: el cura, el médico, el maestro, el farmacéutico. El personal común era tratado de señor (o señá) seguido del nombre, no del apellido. Era también un tratamiento de respeto, que admitía el acompañamiento del hipocorístico (la señá Paca). Así, la comadrona era la señora Paula y el carnicero, el señor Alberto, aunque luego le llamaban 'el Dientes'.

El caso es que la reivindicación de su padre no cayó en tierra baldía. A partir de entonces y hasta el fin de sus días, en Covarrubias se le llamó 'Don Polidón'.

No es que el ministro de Fomento del Gobierno de España haya cursado dos carreras, pero la señora Valenciano debería tener en cuenta la anécdota, no fuera a ser que el pueblo soberano aceptara la regañina y vaya a ser peor el remedio que la enfermedad. 

En la historia heptamilenaria del pueblo vasco hemos tenido un presidente del Consejo General Vasco, órgano preautonómico que encabezó Ramón Rubial y seis lehendakaris, uno de ellos en el exilio, o sea, virtual. De estos seis, cinco han sido nacionalistas y uno socialista, casualmente el único que firma solemnemente con su nombre familiar, Patxi, quizá por subrayar el vasquismo inherente. Los lehendakaris nacionalistas se hicieron llamar, por orden de intervención: José Antonio (Aguirre), Jesús María (Leizaola), Carlos (Garaikoetxea), José Antonio (Ardanza) y Juan José (Ibarretxe).

Entre sus compañeros de partido hay muchos que usan en público (o el público usa con ellos) nombres familiares. Recuerden a don Txiki Benegas en diminutivo o a don Pepote Rodríguez de la Borbolla, en el capítulo aumentativo. Ninguno de los dos se considera insultado al ser llamado así, pero sea. Siempre he creído que cada cual tiene derecho a su propio nombre, algo que niegan desde lados opuestos. Arzalluz se vengaba de quienes se le oponían negándoles el fuego sagrado de la grafía vasca y castellanizando sus nombres en los artículos que escribía en 'Deia': Juan Juaristi, Pacho Unzueta y así. 

Elena Valenciano tiene, como se ve, un criterio más ecléctico: un ministro no puede llamarse 'Pepiño', pero un lehendakari sí puede llamarse 'Patxi'. Ella, según confesión propia, despertó a la conciencia social y a la lucha de clases cuando a los cinco o seis años se dio cuenta de que había niñas ricas  y pobres. Lo cuenta en un comentario de su blog titulado 'De cómo los Reyes Magos despertaron mi conciencia social'. Y republicana, podría haber añadido en un perfecto cierre argumental y biográfico. Otra hermosa lágrima socialdemócrata. Sin embargo, sigue creyendo que los nombres familiares de algunas nacionalidades son más respetables que los de otras. Es normal. Leire Pajín ya ha advertido que (el aprendizaje de) ser ciudadana es para toda la vida.

Hermann Tertsch ha escrito hoy sobre esto. Para comprender que doña Elena ha inaugurado con ese magnífico "no toleraremos" el embudo protocolario, baste ir a las reseñas periodísticas de las ruedas de prensa de los viernes para consultar el vademécum de insultos de doña María Teresa Fernández de la Vega como portavoz del Gobierno, las de los lunes de don José, como secretario de organización del PSOE, o, más sencillamente, el 'tontos de los cojones', que llamó don Pedro Castro a los votantes de la derecha.