martes, 7 de diciembre de 2010

Embudo socialdemócrata


A propósito de la huelga salvaje de los controladores aéreos y la solución aplicada por el Gobierno, mediante la militarización del servicio, mi amigo Toño Gundín escribía ayer en La Razón sobre el asunto y aportaba un editorial publicado por El País cuando Reagan hizo frente a la huelga de los 14.000 controladores estadounidenses. Ni que decir tiene que Reagan no militarizó a nadie. Se limitó a despedirlos y a sustituirlos.

No eran maneras: su especial estilo de rudeza e intransigencia (además cree que la opinión pública va a estar a su lado) las anormalidades pueden durar años... [pero lo pagará] El tiempo que pase sin solución actuará contra él. Porque en la opinión pública está también la noción de que si el conflicto la afecta demasiado no puede vengarse directamente del sector en paro, de los controladores; pero sí de un presidente, de un partido o de unos congresistas que viven de sus votos.







La huelga y Reagan

08/08/1981
Vota
Resultado Sin interésPoco interesanteDe interésMuy interesanteImprescindible 0 votos
Imprimir Enviar
  •  
  •  
  •  
EL CONFLICTO entre el presidente Reagan y los controladores aéreos en huelga en Estados Unidos puede tener consecuencias graves. Reagan no sólo continúa el espíritu del capitalismo conservador, que ha procurado siempre restringir y limitar el derecho de huelga (por la vía de cualquiera de los dos partidos que se turnan en el poder) y lo tiñe con su especial estilo de rudeza e intransigencia, sino que esta vez tiene la convicción de que la opinión pública va a estar a su lado. Hay ciertos cuerpos que, teniendo razones o motivos para considerarse insatisfechos con las condiciones de su trabajo, no consiguen nunca ser considerados como víctimas, porque esos salarios, horarios y tensiones que ellos denuncian como insuficientes parecen privilegiados a otros sectores laborales; pero además existe en la sociedad la noción de su propio perjuicio. Las autoridades que forman el grueso patronal ahondan siempre en este perjuicio Colectivo; en este caso, las compañías aéreas, los técnicos del Estado y los grupos de capital afines explican que el problema no es sólo el de las perturbaciones actuales en el tránsito aéreo, sino en el futuro: las anormalidades pueden durar años. Es evidente que el sentido de las huelgas ha cambiado mucho desde los tiempos de Roller o de Georges Sorel; como ha cambiado mucho la composición de las sociedades. Las huelgas partían desde la desesperación proletaria, que se lanzaba a ellas desde un sufrimiento aceptado (desde la suspensión de salarios hasta los muertos, heridos y encarcelados por la represión, pasando por los riesgos del lock-out y del despido individual o colectivo) para salir de una situación insoportable. Iban dirigidas contra los patronos y los gobiernos patronales y alcanzaban a las clases superiores de la sociedad. Es incontrovertible el hecho de que la inmensa mayoría de las ventajas sociales conseguidas en el último siglo por las clases obreras ha sido arrancada por las huelgas. Esas mismas ventajas sociales han llegado, en el mundo occidental, a una nueva mezcla social en la que el número de consumidores y utilizadores de servicios no se limita ya a una clase social privilegiada: los perjuicios de la huelga alcanzan a todos. A ello contribuye la complejidad técnico-económica de la sociedad actual, en la, que el paro de un sector a veces minoritario -los controladores aéreos de Estados Unidos no llegan a 14.000- percute seriamente sobre sectores y personas inocentes. El principio de la huelga como lucha entre proletarios y patronales tuvo más tarde un desarrollo de lenguaje, de medio de expresión -como consecuencia de la evolución social- en el que los huelguistas- utilizaban ya como intermediario al público, al consumidor: su acto y las molestias o perjuicios que causaban. estaban destinados a llamar la atención sobre una situación de injusticia y a reclamar la solidaridad de todos y su ayuda en forma de presión, es decir, a culpabilizar al sector patronal. Este objetivo cada vez se consigue menos. Los medios de opinión y propaganda están mayoritariamente en manos del capital y no del trabajo; la conciencia política se ha abotagado, y lo que la sociedad suele percibir es el perjuicio directo y el instinto primario de culpar a quienes lo producen en lugar inmediato. Los sindicalistas no dejan de examinar estos aspectos de las huelgas, e incluso tienen ya en cuenta en cuanto -pueden la posibilidad de eliminar o disminuir los efectos sobre el público conservando su efecto de sanción económica al patrono -privado o estatal-, e incluso tratando de contenerlas lo más posible en beneficio de una situacióngeneral, como puede ser un daño irreparable para la economía del país. Pero hasta ahora la huelga sigue siendo un instrumento legal irrenunciable en tanto no se descubran otros suficientes para llevar las relaciones laborales a un sentido de justicia.

      La noticia en otros webs

      Reagan se apoya sobre esta impopularidad de las huelgas -y, concretamente, de esta huelga-, hasta el punto de que no vacila en comprometer en ella la propia -autoridad del presidente en lugar de dejarla en manos de autoridades secundarias. Si la puede doblegar sin grave .daño, conseguirá un éxito de-popularidad importante. Pero no es seguro. Hay siempre un punto en el que la opinión pública puede cambiar: si llega a considerar que la dureza presidencial va más allá de lo sensato o que hay una culpabilidad en el no mantenimiento de las negociaciones. Sobre todo, si llega a percibir que el presidente deja pasar oportunidades de solución con el fin de fortalecer su propia imagen. Un presidente del tipo de Reagan se juega la popularidad a diario: se la está jugando en estos momentos. Su oportunidad de ganar la huelga a los controladores está en hacerles volver al trabajo (la coacción del despido ha producido hasta ahora una respuesta escasa: apenas un, 3 %) o en encontrar rápidamente mecanismos de sustitución que hagan comprender a los controladores que no son tan imprescindibles como creen. El tiempo que pase sin solución actuará contra él. Porque en la opinión pública está también la noción de que si el conflicto la afecta demasiado no puede vengarse directamente del sector en paro, de los controladores; pero sí de un presidente, de un partido o de unos congresistas que viven de sus votos.

      Vean ahora los dos editoriales que el mismo diario ha dedicado el sábado y domingo pasado a la huelga de los controladores españoles y a su militarización por el Gobierno:

      EDITORIAL

      Golpe aéreo


      Los controladores están chantajeando a todo el país. Una acción que no debe quedar impune

      04/12/2010
      Vota
      Resultado Sin interésPoco interesanteDe interésMuy interesanteImprescindible 559 votos
      Imprimir Enviar
      •  
      •  
      •  
      El abandono masivo y abusivo por parte de los controladores aéreos de sus puestos de trabajo paralizó ayer el transporte aéreo de prácticamente todo el país en un golpe de fuerza con escasos precedentes. Este colectivo ha tomado, de nuevo, el peor camino para hacer valer sus protestas. El sindicato USCA, que agrupa a los profesionales del sector, admitió la naturaleza de la protesta (otras veces se ha escudado en bajas repentinas, pero no concertadas) y explicó que es la respuesta "individual" a la "dura agresión" ejercida ayer por el Consejo de Ministros, que aprobó un decreto clarificador sobre sus horarios (1.670 horas anuales).

          La noticia en otros webs

          Nada justifica, en ninguna circunstancia, el afán de extorsión de una iniciativa que está fuera de la ley. El cierre de los aeropuertos afecta a cientos de miles de pasajeros. Muchos quedaron ayer atrapados en las terminales e incluso dentro de las naves en las que se disponían a volar al inicio del puente de la Constitución. Con su actitud, los controladores no solo pierden la razón y la batalla de la opinión pública, sino que se exponen a sanciones que probablemente superen las meramente laborales, ya que su iniciativa podría estar tipificada en el Código Penal. El Gobierno amenaza a los huelguistas con declarar hoy mismo el "estado de alarma" y ponerlos a disposición judicial, en cuyo caso se enfrentarían a "graves penas de prisión".
          Pero tras la militarización del control aéreo firmada anoche por Zapatero, las consecuencias de desobedecer pueden ser aún más graves. El cierre de los espacios aéreos va a producir enormes pérdidas económicas en sectores estratégicos como el del transporte y el turismo, y el chantaje al que los controladores someten al Gobierno y a los viajeros que usan este medio ni puede tolerarse ni puede quedar impune.
          Fomento tendrá que imponer con urgencia medidas más drásticas. Su titular, José Blanco, ha sido el primero en una decena de años que ha plantado cara a un colectivo acostumbrado a firmar sus convenios a golpe de amenazas. El decreto que entró en vigor a mediados de este año redujo sus sueldos (de una media de 350.000 euros anuales) en un 40% y abolió privilegios como el de poder jubilarse a los 52 años con el sueldo completo. Los controladores, que amagaron con realizar una huelga oficial en julio pasado para contestar esa iniciativa, terminaron por claudicar.
          El golpe de mano de ayer demuestra que el conflicto no había quedado resuelto y que sus protagonistas están dispuestos a tensar la cuerda hasta límites difícilmente soportables. Uno de los antecedentes del conflicto se vivió el martes en el aeropuerto de Santiago de Compostela, donde un tercio de los controladores decía haber cumplido ya con el máximo de horas y se disponía a no volver al trabajo hasta enero. Esa interpretación abusiva de los horarios (antes solo trabajaban un máximo de 1.200 horas anuales) es el origen del decreto aprobado ayer y que ha derivado en esta protesta frente a la cual el Gobierno hace bien en actuar con la mayor contundencia.

          EDITORIAL

          El Gobierno se impone

          Una vez doblegado el desafío de los controladores, el sector debe ser reformado de forma inmediata

          05/12/2010
          Vota
          Resultado Sin interésPoco interesanteDe interésMuy interesanteImprescindible 856 votos
          Imprimir Enviar
          •  
          •  
          •  
          La huelga salvaje de los controladores aéreos durante 24 horas, resuelta con medidas tan urgentes como inéditas (militarización del servicio y estado de alarma), hace inexcusable para el Gobierno reformar un sector crucial para lograr su imprescindible estabilidad a largo plazo. No lo tiene fácil. La actitud irresponsable de los controladores al abandonar masivamente sus puestos de trabajo el primer día del puente más importante del año es una nítida señal de que el Ejecutivo se enfrenta a un colectivo correctamente calificado de insensato por el vicepresidente Rubalcaba, en el que difícilmente se puede seguir confiando para controlar el tráfico aéreo español.
          La militarización y la movilización obligatoria ha sido la única medida capaz de torcer el brazo a un grupo endiosado de privilegiados que ha echado un pulso al Estado sobre las espaldas de cientos de miles de ciudadanos indefensos. Y que de paso ha causado un grave perjuicio al sector turístico, uno de los pocos que empezaba a emitir señales positivas en una crisis que mantiene en el paro a más de cuatro millones de personas, así como a la imagen y solvencia de España en el exterior. El incivismo y la inadmisible actitud de los controladores -poco más de 2.000 profesionales a los que sucesivos Gobiernos, empezando por los del PP, han permitido irresponsablemente acaparar más poder de lo saludable en cualquier sociedad desarrollada- cobra mayor gravedad precisamente en este deteriorado contexto económico.
          El paulatino regreso a la normalidad iniciado ayer no debiera ser interpretado por los poderes públicos como el punto final de una situación que, pese a su gravedad, las cortas vacaciones del puente de la Constitución pueden hacer olvidar. En su perfil actual, este colectivo no es de fiar, como crudamente ha quedado demostrado. Las sanciones laborales y penales a las que se han expuesto los controladores deben ser aplicadas con rigor. Pero, además, se impone la reforma profunda y urgente de su oficio, ya esbozada en la ley que, en febrero pasado, fijó nuevas condiciones laborales y redujo sus desorbitados salarios.
          La reforma de febrero devolvía la organización del trabajo a AENA (los controladores se la habían apropiado con Álvarez Cascos de ministro de Fomento), preveía la concurrencia de empresas privadas para el control aéreo y facilitaba la formación de nuevos controladores -350 con carácter inmediato, dijo entonces el ministro Blanco-. Solo un nuevo y urgente marco laboral será capaz de arrebatar a los 2.300 trabajadores del sector la capacidad de tomar como rehenes a centenares de miles de personas para hacer valer algunas de sus extravagantes reivindicaciones. Una capacidad que presumiblemente recuperarán si el Gobierno no corta por lo sano cuando, en 15 días, el servicio deje de estar militarizado.
          Nueve meses después de aquella pregonada reforma poco se ha avanzado. Resulta posible discutir, como hace el PP, si el decreto que cuantificaba las obligaciones horarias de los controladores tenía que aprobarse el mismo día en que se iniciaba el largo y esperado puente de diciembre, o debía haberse hecho antes. Argumentos que en ningún caso justifican la virulencia de su portavoz, González Pons, al arremeter contra el único Gobierno que ha intentado hasta ahora organizar de manera razonable un sector tan crucial y con tal potencial para dañar los intereses colectivos. Una capacidad de intimidación adquirida en parte con la anuencia de Gobiernos del partido del señor Pons que prefirieron mirar hacia otro lado y eludir sus responsabilidades en este ámbito. El PP, una vez más, ha sido incapaz de renunciar a sus bajunas tácticas electoralistas mientras más de medio millón de personas permanecían atrapadas en los aeropuertos españoles.
          ..............
          ¿Por qué dos editoriales? se preguntarán. El primero para ponderar lo bien que hace el Gobierno al emplear mano dura:
          esta protesta frente a la cual el Gobierno hace bien en actuar con la mayor contundencia.
          El segundo, para subrayar lo mal que lo hace la oposición:
          Una capacidad de intimidación (la de los controladores) adquirida en parte con la anuencia de Gobiernos del partido del señor Pons que prefirieron mirar hacia otro lado y eludir sus responsabilidades en este ámbito. El PP, una vez más, ha sido incapaz de renunciar a sus bajunas tácticas electoralistas mientras más de medio millón de personas permanecían atrapadas en los aeropuertos españoles.
          .............
          Y es que, queridos niños y queridas niñas, como diría la vicepresidenta De la Vega, "política de derechas es la que hacen los Gobierno de derechas, como los de Reagan y Rajoy, y política de izquierdas es la que hacen los políticos de izquierdas como José Luis Rodríguez Zapatero.
          Bajar los impuestos fue una política de derechas cuando la hizo Aznar; pero de izquierdas cuando la hizo Zapatero.