viernes, 12 de noviembre de 2010



Una mujer letal


Era rubia, casi transparente y frágil como si estuviera hecha de vidrio. A los 18 años años, Jean Seberg era una estudiante de la Universidad de Ohio, seleccionada por Otto Preminger para protagonizar su Juana de Arco. Al año siguiente volvió a llamarla para hacer Bonjour tristesse. Con 20 años ya se había convertido en la heroína de la nouvelle vague, gracias a su papel de Patricia Franchini en Al final de la escapada.

Fue el comienzo fulgurante de una carrera que no se pudo sostener, aunque entre papeles secundarios de películas sin interés alcanzó a protagonizar Lilith, de Robert Rossen junto a Warren Beatty, excuso decirles más a este respecto, y alguna película de éxito, como La Leyenda de la Ciudad Sin Nombre en cuyo rodaje se enamoró de Clint Eastwood.

Fue en aquellos años cuando el FBI empezó a relacionarla con los Panteras Negras. Era el apoteosis del Black Power; los atletas Tommie Smith y John Carlos, medallas de oro y bronce en México 68, habían subido al podio con el puño cerrado en guante negro; la izquierda europea tenía como iconos a Angela Davis y los hermanos de Soledad. Su carrera cayó en picado, al tiempo que aumentaba su inestabilidad emocional y su dependencia del alcohol y los estupefacientes. Se corrió la especie de que estaba embarazada de un dirigente de los panteras negras. El niño, que ella había deseado mucho, nació muerto y Jean Seberg lo llevó a enterrar dentro de un ataúd de cristal para que todos sus paisanos pudieran ver el color de su piel. Nunca se recuperó. Cada año, al llegar el aniversario de la pérdida de su hijo, lo conmemoraba con un intento de suicidio.

Estuvo casada con el escritor Romain Gary, entre otros. Su camino hacia la locura fue jalonada por un sinfín de amantes, en alguno de los cuales dejó profunda huella. Carlos Fuentes relató su historia con la actriz en la novela Diana o la cazadora solitaria. Fue en París durante sus últimos años cuando conoció a Ricardo Franco, uno de los más interesantes directores del cine español, malogrado autor de películas tan estimables como Pascual Duarte, La buena estrella o Lágrimas negras, su último e inacabado trabajo, en el que daba cuenta de su relación imposible con una mujer cuya cabeza no estaba en este mundo.

Después de su primera noche juntos, el joven director llamó a su primo, el escritor madrileño Javier Marías, para contarle lo que ni él mismo terminaba de creerse. La relación estaba condenada al fracaso, pero dejó huella en él, como en casi todos los hombres de su vida.

Ella siguió intentando el suicidio hasta que a la octava fue la vencida. La encontraron el 7 de diciembre de 1979 tapada con un poncho dentro de su coche, una semana después de su muerte, producida por ingesta masiva de barbitúricos. Un año justo más tarde se suicidó Romain Gary, su marido más perseverante.