viernes, 19 de noviembre de 2010



Una mujer desamada


El amor en los tiempos modernos debe la mitad de su esencia al psicoanálisis. Las mujeres se enamoran de los hombres inconvenientes y viceversa, pero desde la vulgarización de la obra de Freud, hace ya unas décadas, en vez de achacarle el fallo al ojo clínico, las chicas tienen un padre que las ignoraba y los chicos una madre que quería a otros.

Jane Fonda estuvo casada entre 1965 y 1971 con Roger Vadim, a quien conoció en Juegos de amor a la francesa en 1964. Él era un seductor con un palmarés notable, pero cuando Jane y él pasaron su primera noche juntos, el encuentro se saldó sin resultados prácticos.

Dios le da pan a quien no tiene dientes. Muchos años más tarde, ella escribió que su primer marido era muy aficionado al ménage à trois y que en ocasiones completaba el número con prostitutas que ella misma se encargaba de contratar.

No puede decirse que el comportamiento de Vadim fuese tolerable salvo para una chica a quien papá no quería, pero no puede negársele cierta racionalidad, por ver si entre dos eran capaces de levantar lo que no podía una sola. A ella, por otra parte, estas experiencias le hicieron polvo la autoestima, pero fue un interesante trabajo de campo para su impresionante interpretación en Klute, película de Pakula en la que da cuerpo a Bree Daniels, una puta, modalidad call girl, que es perseguida por un psicópata. Aquel papel le hizo ganar su primer Oscar, váyase lo uno por lo otro.

Mayo del 68 floreció con fuerza en su corazón de niña desamada y recién consagrada como símbolo sexual internacional por Barbarella. Empezó a tomar partido por todas las causas nobles que el filo de los años 70 configuraban el hondón sentimental del progresismo norteamericano: el feminismo, la lucha de los indios, la denuncia de la guerra del Vietnam hicieron nacer a una nueva Jane que empezó a dejar de ser compatible con un tipo como Vadim.

El 8 de julio de 1972 viajó a Hanoi, donde se fotografió en la carlinga de un avión de combate norvietnamita, dio una rueda de prensa junto a prisioneros norteamericanos coaccionados para hacer de figurantes y envió mensajes durante una semana a través de Radio Hanoi invitando a los soldados estadounidenses a la deserción: «Soy Jane Fonda y os hablo desde Hanoi», decía ritualmente al comienzo de sus charlas. Salió con bien de aquello porque la Administración Nixon estuvo muy liada con el caso Watergate que terminó con el impeachment del presidente en agosto de 1974.

Luego todo se pasa. Se divorció de Tom Hayden, el marido que acompañó su etapa más progresista, se casó con Ted Turner, el magnate de la CNN, por el que abandonó el cine. Se hizo más rica todavía con sus gimnasios y vídeos para estar guapa a los 60 y más allá. La historia con papá también terminó bien. Cuando ella se acercaba a la cincuentena, padre e hija se dijeron por primera vez «te quiero». Fue En el estanque dorado, testamento cinematográfico y afectivo de Henry Fonda.