lunes, 29 de noviembre de 2010

O César o nada


Pie de foto.-Those were the days, my friends

Josep Montilla anunció la noche de autos que no seguirá desarrollando su cometido de primer secretario del PSC a partir del próximo congreso del partido, para el que falta más de un año. En cambio, su dimisión como parlamentario va a ser inmediata, según anunció ayer, entre beneplácitos propios y ajenos.

No se acaba de ver el motivo de los parabienes. Habría una cierta coherencia si el president en funciones, abrumado por el peso de la derrota, abandonara allí mismo la responsabilidad en el partido al que condujo al desastre electoral más grande de su historia. Así lo hizo Joaquín Almunia en marzo de 2000, en una de esas raras gestas irreprochablemente democráticas de nuestros dirigentes.

Habría tenido sentido el abandono por Montilla de sus responsabilidades partidarias. El PSC ha quedado listo para la refundación y no parece que el patrón adecuado para esa travesía sea uno de los dos responsables del naufragio. Pero fijémonos en su deserción del escaño. Nunca como en los últimos tiempos se ha revelado con tanta claridad que en los partidos hay quienes van para príncipes y quienes nacen clase de tropa.

En la democracia española no se conocen muchos precedentes como el de Gerardo Iglesias, que, tras dimitir, volvió a la mina. Es mucho más frecuente lo de Montilla. Antes lo hizo Ibarretxe: abandonó su escaño al configurarse la mayoría PSE-PP que le privó de la Presidencia del Gobierno Vasco. Antes aún, Felipe González, tras su derrota frente a Aznar en 1996. La actual ministra de Asuntos Exteriores lo hizo tras perder las elecciones municipales de Madrid frente a Gallardón en 2003. Cuatro años después hizo lo mismo Miguel Sebastián. El extraño concepto que de la excelencia tiene José Luis Rodríguez Zapatero le llevó a premiar las derrotas de los afines: tras el fracaso citado de Trinidad, la rescató de la oposición municipal y espedsa para hacerla secretaria de estado para Iberoamérica; tras perder las primarias frente a Gómez, ministra de Asuntos Exteriores.  Otro tanto cabe decir de Sebastián.