jueves, 11 de noviembre de 2010

La inversión de la empatía


El miércoles pasado se celebró el Día de la Memoria, un justo y necesario homenaje a las víctimas. El lehendakari, implicado personal e institucionalmente en la jornada, salió al paso de los periodistas que trataban de obtener declaraciones de Jesús Eguiguren en vísperas del juicio que en la Audiencia Nacional se está siguiendo contra Arnaldo Otegi.


Tengo una buena impresión de la gestión del lehendakari y de su posición respecto al terrorismo y a las víctimas. Ha mejorado sensiblemente mis expectativas previas. Pero en este video parece regurgitar viejos modos, ay, aquella capilla ardiente de Mondragón, y, sobre todo, enuncia conceptos imposibles, como el rescate de Eguiguren por sus intenciones o por ser 'un hombre bueno'. Hace ya casi un siglo que Max Weber acuñó el concepto de la 'ética de la responsabilidad': no sólo las intenciones, sino los resultados y los medios empleados.

Lo contrario sería establecer la irresponsabilidad de los políticos frente a su gestión y no sólo en el terrorismo. ¿Habrá algún gobernante que no quiera crear un millón de puestos de trabajo y hacer crecer el PIB de su país? Pero habrá que juzgarlo por los resultados y por las medidas que ha tomado.

El último acto de la jornada de la Memoria se celebró en Andoain, el pueblo en el que fue asesinado Joxeba Pagazaurtundua, el jefe de su Policía Municipal, mientras desayunaba en el bar Daytona. A él acudió Jesús Eguiguren, pero no estuvieron la viuda, ni la madre, ni los hermanos de Joxeba. Hoy, en El Correo, Maite Pagaza ha publicado un artículo impecable, en el que explica el fondo del asunto con elegancia y rigor inatacables. Contra lo que vienen espolvoreando insistentemente los publicistas, la división no se produce porque unos quieren la paz y otros solo piensan en ganar elecciones, sino por el relato que ha de prevalecer después de tanta sangre.



Coloquio con la conciencia

«La víctima potencial aplicó incorrectamente el principio de empatía para poder negociar»
12.11.2010 - 


MAITE PAGAZAURTUNDÚA RUIZ




Gitta Sereny viajó a Dusseldorf para asistir a las últimas semanas del juicio en el que se procesaba a Franz Stangl, quien llegó a ser 'kommandant' del campo de exterminio de Treblinka. Lo entrevistó durante horas a lo largo de casi tres meses. Treinta años más tarde reflexionó por escrito sobre aquella experiencia.

Las conversaciones mantenidas con aquel responsable de crímenes horribles la instruyeron más que cualquier otra cosa acerca de la esencia última del proceso de corrupción humano. La mujer ya anciana dejó escrito que si hubiera intuido las secuelas que dejaría en ella aquella experiencia, la habría evitado. Durante horas, Stangl se aplicó a la manipulación y represión de sus propios escrúpulos morales. No estaba en una posición de fuerza y ya no podía inferir miedo a la entrevistadora. Pese a ello, utilizó todas las tretas para procurar la transferencia de responsabilidad, la banalización del mal, el refugio en la propia biografía para anular la memoria del horror causado.

Asomada al abismo del horror y peleando por no caer en las argucias de Stangl, ella apenas pudo dormir durante aquellos meses. Y en los años siguientes, mientras preparaba uno de sus libros, la perseguía de forma implacable una pesadilla en la que alguien hacía daño a su hija, con el tipo de daño que Stangl describió de forma gráfica. Tras un año de pesadillas, un sacerdote le indicó que cuando alguien se expone al diablo, éste puede invadirle. «Ten cuidado, hija», le dijo.

Lo he recordado estos días. El hombre reventó a hablar porque su interior era una olla a presión. El político se entrevistó algunos años atrás con un responsable de ETA para negociar, siendo él una víctima potencial de la organización terrorista y habiendo sufrido años de escolta policial y de miedo y de una sociedad que consintió el mal. La víctima potencial -y el político que tejió pieza a pieza en su partido durante diez años los mimbres de aquel encuentro- habló con su eventual verdugo poniendo en peligro su fortaleza emocional, moral y política. La víctima potencial aplicó incorrectamente el principio de empatía para poder negociar y no guardó la precaución de no comer y beber con él, de no intimar con él. Y algún tiempo después se aplicó el castigo de asistir a tanatorios por víctimas de esos hombres con los que llegó a intimar.

«Nos hemos destrozado la vida», le dijo la víctima a su verdugo. A él se la habían dañado con años de persecución ante la complicidad de una sociedad indiferente. A otros los mataron antes y después de esa entrevista. En ese juego de transferencia de responsabilidad intentaba Stangl involucrar a su entrevistadora. Los de ETA despojaron al hombre de su razón como víctima y de su razón por ley democrática. Le exprimieron la conciencia hasta que desechó su derecho a desear justicia. Al hacerlo soñaban los verdugos y todos sus cómplices en convertirlo en la pieza ideal para que los demás no la tengamos. «Admiración, homenajes, asistencia a las víctimas», dijo, pero con perspectiva de impunidad también y un relato legitimador de la historia de los asesinos, en forma de un igualitario «nos hemos destrozado la vida». Asumir ese discurso sí que nos la destrozaría ya sin remedio.