viernes, 5 de noviembre de 2010



El ama de casa y el camionero


Ella era una yegua de Evanston (Ohio) pasada por el Ladies' Home Journal, escribió Maruja Torres hace algunos años con afortunada greguería para definir a Doris Day. Tuvo cuatro maridos más bien breves, excepto el tercero, Marty Melcher, con quien estuvo casada 17 años hasta que él murió en 1968. Ella, simple y enamorada, descubrió con desagrado que el difunto había dilapidado toda su fortuna en aventuras improbables. Doris demandó al socio del difunto por estafa y consiguió recuperar 20 millones de dólares. No debemos ser muy negativos en el juicio a Melcher. Su propia viuda, el cine y millones de espectadores le debemos gratitud eterna por haber aconsejado a Doris Day que rechazara el papel de Mrs. Robinson en El graduado, que, afortunadamente, fue encargado a otra. Sólo la gran Anne Bancroft era capaz de quitarse así las medias.

Roy Harold Scherer era un camionero que trabajaba para los estudios de Hollywood, donde un tipo se dio cuenta de que aquel físico prometía. Le puso un nombre inspirado en la roca de Gibraltar y un apellido tomado de uno de los dos ríos que circundan Manhattan, pero los comienzos en el cine de Rock Hudson no fueron muy prometedores. Debutó con Raoul Walsh en Escuadrón del valor, y el director dijo que no quería volver a ver a aquel marmolillo después de haberle hecho repetir 37 veces la única frase que el actor tenía en la película: «Hace falta una pizarra grande». No es mucho si lo comparamos con las veces que Marilyn intentó decir «¿Dónde está el bourbon?» en Con faldas y a lo loco sin acertar con la frase hasta el 65º ensayo. Claro que la Monroe era para entonces una estrella o quizá Billy Wilder tenía mucha más paciencia que Walsh.

Lo suyo era la comedia amable. «Pareces muy blando para ser una roca», le dijo un día Humphrey Bogart, criterio en el que coincidía su incondicional Doris Day: «Yo le llamaba Ernie, porque realmente no era Rock».

Bastaron tres comedias para fijarlos como pareja en el imaginario popular: Confidencias a medianoche, Pijama para dos y No me mandes flores. Se dejó casar por guardar las apariencias con su secretaria Phyllis Gates, que aguantó el paripé durante tres años. Fue toda una estrella durante dos décadas. Al terminar su época dorada en Hollywood, siguió agarrado al éxito con la serie televisiva McMillan y esposa, junto a Susan Saint James.

No salió del armario hasta 1984, cuando le fue diagnosticado el virus del sida. Su último amante, Mark Christian, lo llevó a los tribunales por no haberle advertido y le sacó 5 millones de dólares. También se querelló Linda Evans por haberla besado en la serie Dinastía, aunque retiró la demanda cuando supo que no había contraído la enfermedad. Murió en noviembre de 1985, casi sin otra compañía que la de su vieja amiga Doris Day.