martes, 2 de noviembre de 2010

Disfunciones


Pie de foto: Lo oía todo, lo sabía todo y le descomponía que hablaran del asunto sus compañeros que no sabían nada. Fotomontaje del gran Ikewana.

El ministro de Educación, Ángel Gabilondo, se ha dado el gusto de salirle respondón al hombre fuerte del Gobierno: el portavoz, vicepresidente primero y Ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba. Recordará el amable lector que éste, alarmado ante el guirigay desatado por los otros 14 portavoces del Gobierno en torno al diálogo con los terroristas, ha mandado callar.

Era una orden necesaria, pero encaja mal en la idiosincrasia de la peña. Aquí lo que más gusta es hablar de lo que no se sabe. Éste, como dice Nicolás Redondo, es un país muy extraño, aficionado a cambiar, justo las cosas que van bien, no las que van mal. Así que Gabilondo ha replicado a Rubalcaba que él es partidario de hablar, pero con mucha responsabilidad, mesura y claridad, sin dar fechas ni generar expectativas sobre comunicados de la banda y su entorno.

Sería bueno que el Gobierno adoptara un criterio de eficiencia relativamente consolidado, que es el de la especialidad. A lo largo de los diez últimos días hemos estado al pairo en un mar de declaraciones desatadas por unas palabras de más del presidente del Gobierno: los pasos de la izquierda abertzale no serán de balde. Zapatero, Eguiguren y LRA parecen los únicos convencidos de que algo está cambiando en ETA, según lo que estos dos últimos cuentan que les cuentan los dirigentes de Batasuna que les cuentan los terroristas. Los hechos son los que son, tal como cuenta hoy Florencio Domínguez. recordando que en las conclusiones del debate interno mantenido entre 2007 y 2009: «ETA no dará nunca las armas al enemigo, ni las romperá, las guardará. ETA no desaparecería, continuaría como organización política dentro de la Izquierda Abertzale, hasta que otro tipo de situación y debates digan lo contrario».

Ciertamente, es el que más sabe de su Gobierno, aunque el presidente se las ha arreglado para confiarle cometidos bastante incompatibles entre sí. No va a poder ser que el látigo implacable de la oposición sea, al mismo tiempo, el muñidor del gran y necesario consenso con esa misma oposición sobre la política antiterrorista.