domingo, 28 de noviembre de 2010

A Mas a Mas




Los pronósticos se clavaron a la hora del recuento, con tres matices. El primero es que el nivel de participación fue bastante mayor del pronosticado (algunos columnistas con prisa se dejaron llevar por las previsiones y escribieron sobre una abstención de la mitad de los catalanes como dato) y alcanzó un decoroso 61%. El segundo, que el escarmiento de los votantes a los socialistas fue mayor del esperado y el tercero, que el PP obtuvo un gran resultado. Los primeros cosecharon el fracaso más rotundo de su historia, cinco escaños menos que el alcanzado por Reventós en 1980; los segundos, un escaño más que el mejor resultado obtenido con Vidal Quadras.

La derrota socialista es la de su criatura, el tripartito. Las extravagancias de ERC le han hecho perder más de la mitad de sus escaños. Salva los muebles ICV, gracias a la incorporación como candidato de Joan Herrera. No es uno muy partidario de establecer futuribles, pero sería interesante saber cuántos escaños habría perdido si el candidato hubiera sido Joan Saura, que ha protagonizado una de las gestiones más esperpénticas que se puedan imaginar. Es probable que el tercer socio se haya beneficiado en algo de la deserción del voto de izquierdas de las candidaturas socialistas, el efecto suavemente compensador de los artistas de la ceja.

Cataluña fue el experimento de Zapatero, su gran vivero de votos y el ensayo de librarse de la oposición para consolidar un poder que durase muchos años: el pacto del Tinell fue en 2003 el arranque de una política para enviar al ostracismo al primer partido de la oposición, la derecha extrema, del cordón sanitario y de unas políticas orientadas a acabar con  la España plural y diversa y con el pacto de la transición, piedra angular de la democracia española.

Ahora solo falta escuchar el análisis que Zapatero hace de esta segunda estación en su via crucis. La primera fue sin salir de casa, el fracaso que después del verano sufrió al intentar imponer a su candidata a la Comunidad de Madrid, Trinidad Jiménez. La derrota de ayer es la del pacto del Tinell, la de una política hecha de ocurrencias y pensada la mayor parte de las veces, en la clave de oponerse a la oposición. La política de Zapatero ha imposibilitado los pactos de estado durante estos años y ayer, en el escrutinio de votos de las elecciones catalanas, dio señales de que se ha colapsado definitivamente. 

Ya tuvo su máximo inspirador dos avisos que debió recibir el 1 de marzo de 2009. Aquel día se celebraron elecciones autonómicas en Galicia y Euskadi. En las primeras, el pacto del PSGa con UPGa para desbancar del Gobierno a un PP que había quedado rozando la mayoría absoluta de cuatro años antes, siguiendo el modelo catalán, fue radicalmente desautorizado. En el País Vasco, al contrario, se impuso una forma de Gobierno que es la antítesis del modelo zapaterista: Patxi López gobierna con el apoyo del PP en una alianza que es un reducto de tranquilidad y de sentido común, dentro de lo que cabe.

Lo de ahora prefigura ya el final con un horizonte que parece infranqueable en las elecciones de mayo, con los problemas económicos en el camino. Falta saber qué dirá el presidente, como verá su optimismo inmarcesible las elecciónes de ayer. Como decía mi querido Antonio García Barbeito, "este hombre llama 'empate' a un 10 a 0 y 'arañazo' a la cornada de Paquirri", o sea, que está por ver. Tal vez aproveche el viaje que hoy emprende para hacer mutis. Hay que estar atentos.