miércoles, 14 de abril de 2010

El polvorín fantasma

Las minas que no estallaron en la explosión de Cádiz del 47, la mayor tragedia de la provincia del siglo XX, acabaron en el Rancho de la Bola, 143 hectáreas en estado de abandonado



Marta y Antonio se enamoran entre las ruinas la última noche de 2008. No es una suposición, está escrito en las paredes que quedan de las instalaciones militares que albergaban el polvorín del Rancho de la Bola. Sus nombres se cruzan con un corazón y una flecha en el antiguo cuerpo de guardia. Más adelante, Marta escribe con caligrafía femenina 'Antonio' y Antonio dice 'Te amo Marta' en los restos de una garita inclinada por gruesas raíces y el arrebato finaliza en un túnel: "Antonio y Marta siempre 31-12-08". Entiendo que se adentraron, se abrazaron, se besaron, progresaron en sus inspecciones y, en algún momento de la Nochevieja, los dos descubrieron fuegos artificiales.
Boooooom. Anochece el 18 de agosto de 1947. Si nos situamos en ese instante en la cumbre del Cerro de la Cebolla, el punto más alto del Rancho de la Bola, enclavado en la barriada jerezana de El Portal, a orillas del Guadalete, veremos un resplandor sobre la Bahía. Acaban de estallar 200 toneladas de TNT. Minas, cargas de profundidad, chatarra de la Guerra Civil, la que apenas vivió Cádiz y que ahora reaparece con un campo de muertos, de heridos, de mutilados. Desde el Rancho de la Bola se ve Cádiz incendiado de rojo intenso, pero dentro de Cádiz todo es penumbra. Sucedió y no debería haber sucedido.