miércoles, 15 de julio de 2009

Revolución de los Claveles: Chile y Portugal durante el año en que brotaron las flores lusitanas


Revolución de los Claveles: Chile y Portugal durante el año
en que brotaron las flores lusitanas







La misión diplomática chilena en Portugal enfrentó un cambio político y cultural que se dispersó desde los edificios lisboetas hacia todo el país. El punto de tensión eran las enormes diferencias existentes entre las dos naciones; una tiranía de derecha en Chile y un gobierno de izquierda en Portugal.

Hace treinta y cinco años Portugal vivió una gran revolución interna, pero que tuvo repercusiones a nivel internacional. Es la denominada Revolución de los Claveles, con la que comenzó el imparable proceso de democratización y consiguiente incorporación plena de Portugal a la comunidad internacional institucionalizada, por ejemplo, con la unión y participación en la Eurozona, y a los protocolos que implica el marco Schengen.

El 25 de abril de 1974 triunfó la revolución en Portugal. Aquel movimiento de ‘los capitanes’, en que militares con tendencias de izquierda se levantaron contra el régimen de Marcelo das Neves Alves Caetano, fue el comienzo de una sólida y duradera etapa democrática para Portugal. Actualmente, el país de la Europa Atlántica ya no tiene colonias en África ni en ultramar, y participa plenamente en la construcción de Europa.

El régimen depuesto en 1974 se inició con quien se ungió como líder en 1933 António de Oliveira Salazar, quien hasta 1968 tuvo el poder en Portugal y de quien se extrajo el rótulo para la dictadura: la dictadura salazarista. Su sucesor, el luego derrocado Marcelo das Neves Alves Caetano, condujo al país y prosiguió con la política de aislamiento y desconocimiento de los quehaceres políticos y sociales que pasaban en el mundo circundante que rodeaba a Portugal.

El 25 de abril de 1974, con la modalidad de levantamiento militar, se consiguió finalizar con la dictadura que gobernaba al país desde 1933: la de más larga data del continente europeo. Con el fin del régimen derechista que controlaba los destinos portugueses, se inició una escalada de movimientos independentistas –que ya habían dado sus primeros atisbos durante los años previos a 1974- en los territorios de ultramar portugueses. Asimismo, se desató el entusiasmo político popular y se marcó el inicio de la transición política y sociocultural portuguesa, no libre de los vaivenes de evolución en cuanto al enfrentamiento político que puso en peligro la continuidad democrática. A los intentos derechistas de frenar el régimen de libertades y, sobre todo, de interrumpir la reforma agraria que se vivía en el país, se oponían los elementos filocomunistas encarnados en el Movimiento de las Fuerzas Armadas liderado por el coronel Otelo Saraiva de Carvalho.

El derrocamiento del régimen dictatorial llevó a que los movimientos nacionalistas en ultramar adquirieran mayor control de los territorios, como en Angola, en la que varias facciones se enroscaron en una cruenta lucha. La confusión interior, alimentada por las rivalidades étnicas, favoreció la injerencia de países extranjeros: Sudáfrica y las tropas cubanas intervinieron en 1975 en Guinea-Bissau y en Angola. Las otras colonias portuguesas tuvieron cruentas luchas internas, las que desembocaron en necesarias independencias de Lisboa. Esta situación se vivió en São Tomé y Príncipe, Cabo Verde, Mozambique, Angola y Guinea-Bissau.

La liberación de Portugal de la dictadura salazarista, y de la opresión y del colonialismo mal logrado, permitieron al pueblo luso una transformación y un cambio histórico, acercando al país a una modernización y equiparándola a otras naciones europeas, con una identidad cultural e histórica definida, con plena adhesión a los principios y valores humanos, políticos, culturales y económicos de Europa. Simultáneamente, Portugal es una nación con una fuerte vocación marítima, no exclusivamente atlántica, cuya localización estratégica le ha conferido a lo largo de la historia la posibilidad de ser un puente de unión entre Europa, América y África y Asia.

La crisis, presión social y la pobreza de los años de la dictadura salazarista habían sumido al país completo -incluyendo a las colonias africanas- junto con la recesión económica por la crisis financiera mundial- en un estado de depresión que llevó al pueblo portugués a quitar el piso político al régimen del primer ministro y último líder del denominado Estado Novo, Marcelo das Neves Alves Caetano. Debido al descontento generalizado en territorio portugués, durante el año anterior a la revolución hubo una creciente movilización social caracterizada por huelgas de trabajadores, movilizaciones estudiantiles que desplegaban discursos contra el gobierno portugués y contra conflictos internacionales.

Si bien se señala que la revolución es una de las pocas que se caracterizó por no ser sangrienta, tuvo 4 muertos. Recibe el nombre de Revolución de los Claveles debido a una marcha realizada en Lisboa, donde cuyos participantes cargaron claveles, flor de la temporada en la capital portuguesa. De hecho, de ahí proviene el nombre de la revolución: surgió como símbolo espontáneamente por creación popular, cuando, en respuesta a una idea de ofrecer flores a los militares, alguien dio un clavel rojo a un soldado y lo puso en el cañón de su escopeta.

Junta de Salvación Nacional

Al llegar la Junta de Salvación Nacional al poder, ésta declaró sus principios fundamentales, basados en aspectos a corto y mediano plazo. Las medidas inmediatas fueron el ejercicio del poder político por una Junta hasta la formación, a corto plazo, de un gobierno provisorio civil. La elección del Presidente se haría por la misma junta. Asimismo, se anunció la destitución inmediata del Presidente Marcelo Caetano y la disolución de la Asamblea Nacional y del Consejo de Estado. Se consideró como urgente también la destitución de todos los gobernados civiles en el territorio continental, gobernadores por distritos autónomos en las islas adyacentes y los gobernadores generales en las provincias ultramarinas. Sumado a lo anterior, una serie de medidas que permitieran una vigilancia y un control riguroso de todas las operaciones económicas y financieras con el extranjero, junto con la abolición de la censura.

A mediano plazo, la Junta de Salvación Nacional se propuso, en tres semanas desde la llegada al poder el 25 de abril, escoger de entre sus miembros a quien ejercerá las funciones de la República Portuguesa, que detentaría poderes semejantes a los que había en la constitución salazarista. Muy promocionada en los campos y en las ciudades menores del oriente portugués era el anuncio y medida de que existiría total libertad de reunión y de asociación. Se permitirían asociación políticas que fueran posibles embriones de futuros partidos políticos, así como se garantizaría la libertad sindical.

En el bloque occidental se temía que la revolución de los claveles desestabilizara a la vecina dictadura española, donde se asesinó, en un espectacular atentado, al jefe de gobierno y sucesor del general Franco. Por ende, las nuevas autoridades portuguesas no ocultaban su deseo de conceder la independencia a las colonias africanas, lo que creaba una angustia adicional en la OTAN, dado que se veía a las guerrillas nacionalistas y marxistas que tomarían el poder, como una avanzadilla de Moscú en el África negra.

Periodo salazarista

El gobierno anterior a la revolución de abril –el de Salazar y Caetano- se caracterizó por tener una política de claro corte ‘derechista’ con gran restricción de las libertades, especialmente en los medios de difusión y en la participación del juego político, además, con grandes y graves problemas en los aspectos económicos, sociales y culturales, agravados por la falta de solución al problema colonial.

Por ello fue el éxito del Movimiento de las Fuerzas Armadas a nivel nacional, porque dieron libertad absoluta para la reconstrucción de una sociedad libre y democrática. Es así como entraron en actividad los partidos antes clandestinos, el PC y el PS, y otros grupos de izquierda que pudieron presentarse ante el pueblo. Se posibilitó el hecho de que todos los dirigentes políticos de izquierda tuvieron la oportunidad de actuar a la luz pública. El Secretario General del Partido Comunista Portugués, Álvaro Cunhal, regresó de Rusia después de estar asilado 14 años; Mario Soares, Secretario del Partido Socialista, regresó desde Francia después de permanecer allá cinco años en exilio. Tanta fue su repercusión que incluso pudieron ocuparon cargos en el gobierno provisorio que tomó el poder en Portugal.

El desarrollo del socialismo en Portugal se manifestó en sintonía con lo que se llevaba a cabo en países europeos que tenían, en ese momento, gobiernos de estilo socialista. Es el caso de Inglaterra, Suecia, Holanda e Italia. En estos países también se replicó, en mayor o menor medida, la animosidad contra el gobierno pinochetista de Chile; las campañas en los medios de comunicación, la acogida de exiliados y la invitación a exponer a los más significativos, eran muestra de lo anteriormente mencionado. El slogan “Que no pase lo que pasó en Chile”, se volvió común en Portugal, así como en la Europa con gobiernos de corte o cercanía socialista. La odiosidad contra el gobierno chileno ya se había instalado.

Éxito de la revolución

Dos circunstancias principales parecen explicar la casi inmediata transformación del golpe militar del 25 de abril de 1974 en un proceso revolucionario.

En primer lugar, las características históricamente singulares de ese movimiento militar: una conspiración fruto del cansancio con la guerra colonial, protagonizado por los oficiales intermedios –los capitanes, comandantes de compañía- sobre quienes reposaba lo esencial del esfuerzo operativo de la cuadricula militar en los teatros de guerra en África, que además evolucionó muy rápidamente (entre junio de 1973 y marzo de 1974) de una protesta corporativa hacia un movimiento politizado hacia la izquierda, que pretendía derrocar por la fuerza al Gobierno de Marcelo Caetano e instaurar un gobierno democrático que pusiera punto final a la guerra colonial.

Fue un movimiento revolucionario que alteró las relaciones históricamente perversas entre capital y trabajo, conquistando por el combate social los derechos sindicales y las reivindicaciones básicas derivadas del primado de la justicia social. En ese proceso, creó nuevas formas de poder paralelo en las empresas y en los barrios populares. Fue un movimiento que intentó introducir cambios profundos en la estructura económica y social del país, nacionalizando el capital financiero, ocupando las tierras de los latifundistas, levantando empresas abandonadas, ocupando casas. Un movimiento que permitió nuevas políticas de democratización y acceso a la salud y la enseñanza, de seguridad social, colocando las bases del pequeño Estado de Bienestar que todavía subsiste en Portugal. Fue un movimiento que puso colofón a la guerra colonial, y que abrió, ciertamente con muchos problemas, la descolonización que permitió la aspiración europea de Portugal.

Colonialismo portugués en África

A comienzos del siglo quince, Portugal fue el primer país europeo que se interesó por el continente negro. En el siglo XX, fue la última potencia colonial que conservó sus posesiones bajo el sistema de colonialismo completo. Lo que manejan el Reino Unido, Francia, España, Dinamarca y Noruega están lejanos a esa concepción.

Mientras todas las democracias han acabado prácticamente la descolonización del continente en el curso de los años sesenta, las dictaduras ibéricas se agarran a sus territorios de ultramar. Hasta la mitad de los años setenta, Portugal posee aún Angola, Mozambique, Guinea-Bissau, el archipiélago de Cabo Verde y de Santo Tomé y Príncipe, es decir, territorios que representan veinticinco veces su superficie. Aunque alejados de la mayoría de las costas africanas por las otras potencias coloniales desde el siglo XVII, los lusitanos mantuvieron una presencia continuada en el litoral de Angola y de Mozambique. Cuando a partir del siglo XIX la metrópoli se sumerge en el declive económico, las colonias; privadas del comercio de esclavos, subsistieron sin recibir inversiones.

Desde que se apropia del poder en Lisboa en 1930, Salazar emprende el proceso de hacer que las colonias rindan frutos. La extracción de riqueza con destino a la metrópoli, que era el centro del mundo colonial portugués, se acentúa después de la Segunda Guerra Mundial por la intensificación del trabajo forzoso y la extensión de los cultivos obligatorios de productos para la exportación.

La dictadura de António de Oliveira Salazar no ofrece ninguna perspectiva de emancipación nacional; los intelectuales, formados en las universidades portuguesas y extranjeras, proponen -a partir de los años cincuenta- una alternativa radical basada en un análisis marxista-leninista. La mayoría de los movimientos nacionalistas en las colonias se habían unido al partido comunista, clandestino en Portugal, única fuerza metropolitana favorable a las independencias.

El derrocamiento del régimen dictatorial pone fin a los conflictos bruscamente. Esta victoria por abandono deja a las colonias africanas en una situación precaria. Con la excepción de Guinea-Bissau, los movimientos nacionalistas sólo han adquirido un control parcial de los territorios en los que permanecen divididos, como en Angola, en la que varias facciones continúan la lucha. La administración heredada del colonizador es inestable, inexistente en el interior del país, luego el éxodo masivo de los colonos portugueses priva a la infraestructura socioeconómica de sus mandos.

Relaciones chileno-portuguesas

Mientras en Portugal se iniciaba el avance para lograr una revolución de izquierda, en Chile éste sector vivía perseguido y oculto luego del triunfo de militares –en conjunto con una derecha económica- en el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, en el cual se derrocara al gobierno de la Unidad Popular, presidido por Salvador Allende Gossens.

La mirada oficial, es decir, la del gobierno chileno dirigido por una Junta Militar, miraba con atención el modo de hacer gobierno en lugares como España y Portugal, aunque la primera era de mayor fijación ocular debido a la ligazón histórica y cultural. Portugal era un país destacado, pero no gran socio económico ni tampoco referencial. Sin embargo, era un vínculo destacado por cuanto permitía una articulación para gestar relaciones chileno-brasileñas y con territorios africanos, debido a la cercanía diplomática con esas naciones.

Una vez perpretado el golpe de Estado en Chile, el gobierno militar no tardó demasiado tiempo en asignar a representantes diplomáticos y comerciales en las embajadas del país en el exterior, especialmente en Europa Occidental. A lo más, seis meses.

Todo envío de personal diplomático fue cuidadosamente estudiado desde Santiago, con encargos preestablecidos –al igual con cualquier embajador- pero con atención específica en los asuntos referidos a cuestionamientos externos al régimen militar que gobernaba Chile y a la figura del Comandante en Jefe del Ejército de Chile, Augusto Pinochet Ugarte.

Las relaciones con Portugal datan desde el siglo XIX. De hecho, sin oficialidad alguna y meras manifestaciones de simpatía, la nación lusa fue la primera en Europa que reconoció la independencia chilena, el 1 de agosto de 1821, quizás a modo de contraposición a España, en esa época enemiga y competencia directa en cantidad de poderío ultramarino.

Durante los primeros días del mes de abril de 1974, se reestructuró en Chile la Dirección de Relaciones Internacionales del Ministerio de Relaciones Exteriores, que en ese momento estaba con máximo representante al ministro Patricio Carvajal Prado, oficial de la Armada de Chile. El departamento mencionado estaba a cargo de Juan José Fernández, el mismo que dio una serie de encargos y puntos de focalización al nuevo embajador chileno en Portugal, Joaquín García Suárez, reemplazante del representante que Salvador Allende había asignado en 1971, Emilio Cheyre Toutin.

Los encargos al nuevo embajador chileno en territorio portugués estaban orientados en tres categorías: política interna, política exterior y relaciones portuguesas con Chile. En la primera categoría se le encargó prestar atención en cuanto a la cohesión de las Fuerzas Armadas en su apoyo al gobierno portugués, pensamientos de la opinión pública sobre el régimen imperante, existencia de grupos resistentes al gobierno y tendencias de las organizaciones sindicales.

En cuanto a política exterior, los ojos del embajador García Suárez estarían puestos sobre las relaciones de Portugal con la OTAN, las relaciones lisboetas con España –quizás el punto que más utilidad diplomática podría presentar para Chile-, y las relaciones con los países socialistas, entre otras.

Respecto a las relaciones con Chile, para el Ministerio de Relaciones Exteriores era de preocupación la posición portuguesa ante el cambio de gobierno en Chile, y las posibilidades de acercamiento económico y cultural, sin comprometer la política chilena ante el conflicto de Portugal con sus colonias africanas.

Informes diplomáticos

El ambiente político y social en Portugal, especialmente en Lisboa y Oporto, previo a la revolución del 25 de abril, tomó fuerza paulatinamente. Particularmente durante el mes de marzo previo comenzaron las primeras manifestaciones de oposición ciudadanas y militares. Una de ellas, en que militares se atrincheraron en los cuarteles de la localidad de Caldas de Rainha, fue la más significativa. La información entregada por la representación diplomática chilena no dejaba espacio para las interrogantes de qué se pensaba del movimiento izquierdista que en menos de un mes triunfaría. Al no estar asumido aún el nuevo embajador chileno, el responsable de informar de estos hechos fue el encargado de negocios, Carlos Montané, quien señalara: “Los insurrectos entregaron los oficiales detenidos antes mencionados, a quienes mantuvieron como rehenes. Ante la amenaza de ser bombardeados, por tierra y aire, se rindieron”. La nomenclatura usada contra los manifestantes, es decir, clasificarlos como insurrectos, era la que merecería al ser juzgado en Chile. Al mismo tiempo insistió en que, tanto dentro como fuera del país, la población portuguesa confía en la política de Caetano. Lo anterior quedaría invalidado en sólo 37 días, cuando se oficializara la revolución.

Abril fue aún más confuso en Portugal. De hecho, un día antes que se concretara el clavelismo, nuevamente Carlos Montané hace llegar a Santiago informes de prensa sobre cómo la opinión pública y los medios trataban a Chile; lo que cambiaría en pocas horas, al transformarse ambos países en sujetos antagónicos debido a las diferencias ideológicas y en las formas de gobernar de la Junta Nacional de Gobierno y de la Junta de Salvación Nacional, chilena y portuguesa, respectivamente.

Los medios portugueses, durante la semana previa al 25 de abril, informaban, sobre Chile, alcances de la muerte del ex ministro de Salvador Allende, José Tohá; respecto a que en Chile estaban prohibidas las actividades políticas, que habían problemas en la reunión de los 17 países no-alineados –agrupados esa semana en Argelia- respecto a qué posición tener frente a Chile, y que en el país austral reinaba el orden y la recuperación económica.

El informe de prensa entregado el 24 de abril fue el último reporte en casi tres semanas. Recién el 10 de mayo el embajador -aún no asumido pero ya en la representación diplomática- Joaquín García, se refiere, escuetamente y transcribiendo opiniones ajenas, respecto a qué persigue el partido socialista en Portugal luego de su llegada al poder tras a revolución y cómo se ataca a Chile en Lisboa. Comenta que el Secretario del Partido Socialista Portugués, Mario Soares, manifestó que el Partido Socialista no era un partido burgués, sino un partido de clase obrera, con sus estructuras abiertas a la juventud; que era un partido que garantizaba las libertades públicas y que nadie contaría con el partido para aventuras totalitarias, fueran de donde fueran.

En el mismo informe se hace referencia a que, entre de los protagonistas de la revolución, se ve a Chile como el ejemplo a combatir. Se empieza a emplear el nombre de Chile para demostrar cuan nocivo es un gobierno de derecha, en el caso de Portugal el salazarista. El embajador reproduce la analogía que empieza a trepar escalones en la opinión pública portuguesa, luego que Mario Soares lo usara como demostración en un discurso:

“Tenemos que estar atentos. Creo en la tolerancia. Pero no podemos permitir una contra-revolución que venga a hacer del país (Portugal) un nuevo Chile. Pienso que debemos depurar a todos los responsables por el asesinato de tantos de nuestros dirigentes políticos durante la dictadura. Si nada hiciéramos, ellos pueden subir, tomar el poder y ejecutarnos, como sucedió en aquel país (Chile)”. La animosidad entre el régimen portugués y el chileno ya era evidente, pero sin el riesgo de mayores complicaciones debido al mínimo tráfico comercial y al vínculo político escaso, a pesar de los intereses chilenos en comerciar y buscar opciones para que LAN, la Línea Aérea Nacional, contara con derechos de tráfico aéreo por cielo lusitano.

Ya el 21 de mayo de 1974 la posición del nuevo gobierno portugués, liderado por António Sebastião Ribeiro de Spínola, era clara respecto a su posición internacional. El retumbe hacia Chile no se dejó esperar, y menos la comunicación diplomática hacia Santiago. En cuanto a relaciones internacionales, el gobierno socialista portugués señaló que adoptaría una política activa de no alineamiento en relación con los bloques políticos y militares existentes, y que de inmediato se establecerían relaciones diplomáticas con todos los países excepto Chile. Si bien el embajador Joaquín García sólo se remitió a comunicar y no interpretar el informe del Partido Socialista Portugués, la disonancia entre ambos países se hace creciente, a tanto que los medios del país atlántico comenzarán a hacerla notar y desarrollarla con fruición.

Chilenos visitan Portugal

La animosidad de la diplomacia chilena contra lo que estaba ocurriendo en Portugal y el subrayado que las autoridades hacían sobre el régimen chileno, no mermó durante el avanzar del conflictivo 1974 portugués. Los ánimos diplomáticos se caldearon luego que durante el mes de mayo de 1974 se iniciara en Portugal –y el resto de la Europa que simpatizaba con las izquierdas- una serie de visitas de chilenos notables y exiliados, expatriados o fugados, ante el apremio de salvar la vida y la integridad física.

La primera de esas visitas a territorio portugués fue la de Hortensia Bussi de Allende, viuda del derrocado presidente. Su llegada a Portugal fue anunciada en una conferencia de prensa en Varsovia, y su efecto expansivo llegó hasta Chile por la celeridad del embajador Joaquín García. Durante su viaje, Hortensia Bussi visitó París, Londres y Portugal. Ante esto, el embajador realiza un análisis negativo de las visitas e insiste en que “son visitas o viajes preparados de personas relacionadas con el antiguo régimen que imperó en Chile”. Insiste al Ministro de Relaciones Exteriores que “no sería d extrañar que los socialistas, comunistas y organizaciones disfrazadas empiecen a propiciar la participación y visitas de los ya conocidos personajes que tanto daño causan a nuestro país en el exterior”. Todo lo anterior, queda ilustrado y acotado –en palabras del diplomático chileno en Portugal- por el parafraseo de las palabras que Soares había entregado en ratificación del discurso anti-chileno en Portugal.

Sin embargo, Chile sigue siendo el objetivo de la artillería de los medios de comunicación, periodistas y opinión pública portuguesa. A medida que la revolución y el nuevo gobierno portugués se empodera y sintoniza con el pueblo, la visión de gobiernos que profesaban similitudes con el corte salazarista son castigados con la indiferencia y descrédito. Es el caso de Chile. La agregaduría diplomática chilena en Portugal informa con rapidez sobre el trasvasije de esos discursos a territorios más cercanos a Chile: el periodista portugués Miguel Urbano Rodrigues, residente en el vecino São Paulo, Brasil, tuvo palabras –que el embajador definiera como paralelismos- entre la situación de América del Sur y el Portugal del momento. El periodista lusitano residente en Brasil, inquirió:

“La conquista del poder político por una coalición de partidos populares ofrecía a Chile la oportunidad, dentro del orden jurídico y constitucional de un Estado burgués, de transformar gradualmente las estructuras económicas, sin violación de los mecanismos de la democracia representativa creando condiciones para el advenimiento de una sociedad socialista”.

El embajador chileno consideró también relevante transcribir el siguiente párrafo: “pero los muchos errores cometidos y la falta de organización de un Estado sin estructuras capaces para la ejecución del programa ambicioso que se proponía, el desmembramiento de la Unidad Popular, minada pro divergencias de métodos y finalidades, o irrealismo de los dirigentes más radicales del Partido Socialista, una desastrosa política monetaria, la penetración de la reacción en el seno de las masas trabajadoras, el sabotaje económico, la inconsistencia de la ultra-izquierda, la impaciencia de la pequeña burguesía que llevaría a la fatídica huelga de los camioneros, el boicot del cobre, el cerco económico y, sobre todo, la actividad de la CIA y de la ITT conjugáronse para alcanzar un sinnúmero de obstáculos y engaños no siempre comprendidos y muy pocas veces vencidos”

Credenciales diplomáticas

A pesar de haber iniciado, por expreso encargo del Ministro de Relaciones Exteriores, el trabajo inmediatamente después de aterrizar en Lisboa, el embajador Joaquín García presentó sus credenciales diplomáticas ante el Presidente de la República Portuguesa, General António de Spínola, el día 5 de junio en el Palacio de Gobierno en Belém.

Joaquín García manifestó su interés de gestar las relaciones más cordiales entre el gobierno chileno y el portugués. Señala en su informe al ministro, que dijo al Presidente que él era quien llevaba el “mensaje más expresivo y sincero de la Junta de Gobierno de mi país (Chile) y de su Presidente en especial, para que las tradicionales relaciones de estrecha amistad que siempre han mantenido nuestros dos países puedan aún ser incrementadas interpretando el verdadero sentimiento del pueblo de Chile al pueblo hermano de Portugal”.

García insiste en que el General Spínola destacó que Portugal quiere contribuir para un mundo más justo y de mayores felicidades, lo que se acompañó de una “conversación muy cordial que duró alrededor de 25 minutos, con gran extrañeza por parte de protocolo y demás funcionarios portugueses, ya que el presidente es muy parco en este tipo de ceremonias”.

Relata que los temas de interés en el primer encuentro diplomático entre autoridades chilenas y portuguesas luego del quiebre de los gobiernos de izquierda, en Chile, y de derecha, en Portugal; fueron básicamente en torno a las causas que motivaron el Movimiento de las Fuerzas Armadas del 25 de abril, las posibilidades de término de la guerra colonial y el descrédito internacional que significaba la política colonialista, las restricciones de las libertades, la inmovilidad económica, problemas sociales, sindicales y de salarios.

Según el mismo embajador García, al finalizar el primer encuentro entre autoridades de ambas naciones, el Presidente Spínola destacó que esperaba que las relaciones entre ambos países fueran las mejores, que contaran con su apoyo y simpatía, aunque, dijo, puedan sufrir alguna molestia. Las palabras del embajador y, claramente las del propio Presidente lusitano están referidas a la espiral de llamados anti-chilenos que hay en las grandes ciudades portuguesas, principalmente en Lisboa y Oporto, donde –por ejemplo- la Liga Comunista Internacional había llamado recientemente a una concentración en la Plaza de Chile para marchar después hasta la Embajada en un acto de protesta contra el gobierno y el Embajador de Chile.

El primer encuentro, dice, estuvo también coronado por un breve paralelismo entre el caso de ambos gobiernos con eje en las Fuerzas Armadas para centrar la conducción del país, como recurso último e inevitable cuando el gobierno fracasa al colocarse en una posición extrema; “nosotros por lo antipatriótico, extranjerizante y marxista leninista, como en el caso de ellos una dictadura de extrema derecha, también incapaz de conducir el gobierno por la vía diplomática”.

El informe diplomático confidencial no acaba aún. Agrega un párrafo apartado con una interpretación verosímil, mas no sujeta a la comprobación: el embajador argumenta que viendo la actitud de Portugal de no desear involucrarse en asuntos internos de ningún país, queda “una vez más en claro, que son los partidos socialistas, comunistas y grupos de extrema izquierda quienes propician el rompimiento de las relaciones con los que ellos llaman países fascistas, incluyendo a Chile, Brasil, España y Grecia, entre otros, sin encontrar eco tampoco en la opinión pública portuguesa, lo cual debe interpretarse como un elemento más de la campaña anti chilena”.

Crisis en Portugal

Hubo varias crisis que hicieron temblar al gobierno provisorio portugués, en cuanto a sus liderazgos y solidificación del rol revolucionario. La primera crisis fue la salida del Primer Ministro, el abogado Adelino da Palma Carlos, quien tenía el perfil necesario para garantizar la respetabilidad del nuevo gobierno en los medios conservadores e internacionales. Pero una coyuntura política en la que la balanza de fuerzas se inclinaba más a la izquierda, complicó la estadía de éste cercano a la derecha. Al igual que António de Spínola, que era su apoyo fundamental, tuvo muchos problemas con el Movimiento de las Fuerzas Armadas.

Sin embargo, la crisis más grande que viera el periodo post revolución de los claveles fue la salida, mediante su renuncia, del presidente de la República António de Spínola. El 30 de septiembre presentó sus cartas de excusa, para ser reemplazado inmediatamente por el General de Ejército Francisco de Costa Gomes, quien desempeñaba los cargos de Jefe de Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas y vicepresidente de la Junta de Salvación Nacional. Los partidos Socialista y Comunista, y sus líderes ocuparon un puesto prominente en la Junta de Salvación Nacional. Durante el verano, los militares radicales ya ejercían un notable control político sobre el país. En septiembre, con el apoyo de milicias comunistas, lograron aislar a Spínola de sus partidarios y forzar su retirada de la presidencia. Para entonces, en Portugal parecía estar triunfando la revolución izquierdista.

La salida del presidente portugués no fue recibida con tranquilidad en Lisboa, y con incredulidad en las colonias africanas, debido a que veían en él a un pseudoaliado. En un primer momento, se pensó en la desintegración del movimiento revolucionario portugués, ante lo cual la disidencia se apresuró en rearmarse o comunicar –a su modo- los acontecimientos lisboetas.

El embajador de Chile en la capital portuguesa remitió un detallado perfil de António de Spínola, incluso destacándole sus atributos de líder. Joaquín García comentó al Ministro de Relaciones Exteriores, Patricio Carvajal Prado y al Departamento de Relaciones Internacionales. Comentó que “el Presidente Spínola tiene un carisma popular reconocido y se le tenía confianza plena en todos los sectores nacionales como Jefe de la Revolución. Su presencia en público con sólo ser anunciada acarreaba multitudes y se le vitoreaba con sinceridad y afecto y no necesitaba de artificios para reunir grandes cantidades de personas en forma espontánea. Sus discursos en estas ocasiones gustaban, porque se advertía su honestidad al criticar y hacer recomendaciones para evitar la demagogia política, el desorden social progresivo que llevaría al país a un estado anárquico con graves consecuencias económicas ya en pleno desarrollo. A esto hay que agregar que tiene un concepto definido sobre política de descolonización ultramarina, aunque tuvo que aceptar imposiciones de los partidos políticos en el gobierno. Se impuso la tarea de atender el caso de Angola personalmente, por ser esta colonia la más significativa para Portugal, en todo orden de cosas, y muy particularmente del punto de vista de prestigio nacional ya muy deteriorado con las soluciones ‘a la diabla’ propuestas o en curso. La socarronería no estaba ausente del discurso del embajador, ni siquiera cuando daba parabienes.

El nuevo presidente, tras la renuncia de António de Spínola, el General Francisco da Costa Gomes, era considerado un hombre sin carisma pero con habilidad para manejar la crisis que había comenzado en Portugal entre los mismos oficiales. Se mantuvo en el cargo hasta el 27 de junio de 1976, cuando se celebraron las primeras elecciones presidenciales libres en Portugal, dando la victoria al general Ramalho Eanes.

Al contrario de lo que se esperaba, es decir, un aumento de los cismas al interior de la Junta de Salvación Nacional y del Movimiento de las Fuerzas, Francisco da Costa Gomes asentó las bases de la revolución y logró conducir al país hasta un proceso de elecciones. Sus primeras medidas una vez que asumió el 30 de septiembre de 1974, fue confirmar al Primer Ministro Coronel Vasco Gonçalves, conjuntamente con los ministros de gobierno. Sólo cambió a dos: a Mario Firmito Miguel y a Sanches Osorio, de Defensa Nacional y Comunicación Social, respectivamente. Argumentó que el cambio fue decisión personal.

Como una de las misiones de Joaquín García, al ser enviado como nuevo embajador del gobierno de la Junta chilena ante la República Portuguesa, era tener atención sobre los conflictos internos y sobre la política ante el proceso de descolonización en África, no dejó de vincular tales fenómenos con la crisis que conllevó a la salida de António de Spínola: dijo que “se podría pormenorizar algunos aspectos que, a pesar del sigilo con que actúan algunos militares y políticos, son fáciles de suponer y que son las razones del desaliento del General Spínola”.

Considera dentro de entre esos aspectos, fundamentalmente, a la política de descolonización pretendida y establecida en el programa del Movimiento de las Fuerzas Armadas, no se estaría desarrollando conforme con las ideas sostenidas por el General Spínola: primero el cese del fuego, que los movimientos revolucionarios se integren en los respectivos estados africanos que quieren liberar y desarrollen sus actividades políticas con partidos debidamente organizados en igualdad de condiciones con los existentes en cada lugar. De ahí pensar en la independencia, velando siempre por la integridad de los ciudadanos portugueses y nativos.

La agregaduría diplomática de Chile en Portugal, a cargo de Joaquín García, duró hasta 1980, sin sobresaltos. Ni siquiera por el constante deseo de la nación atlántica de cortar las relaciones diplomáticas con Chile debido a la consideración de que el régimen pinochetista y el atropello a los derechos humanos fundamentales. Esto último, condenado categóricamente por la opinión pública. En 1980, el embajador es llamado a Chile para cumplir nuevas funciones. Asumió su rol un encargado de negocios, Rolando Stein Brygin, quien permanecería en el cargo por más de nueve años. Un año, en 1989, estuvo como embajador Hernán Sánchez Bohmer, hasta cuando el primer gobierno de la Concertación de Partidos por la Democracia, presidido por el democratacristiano Patricio Aylwin Azócar, nombrara a Patricio Morales Salinas.

Las misiones que enfrentara éste embajador fueron muy distintas a las de su antecesor Joaquín García. Las relaciones chileno portuguesas se afianzaron cuando la democracia retornó a Chile. Asimismo, la presencia y rol de ‘co-constructor de Europa” que había asumido Portugal, dejaba en mejor pie las relaciones. Una muestra fue la invitación especial a Chile para presentarse, ocho años más tarde, en la Expo 98, en Lisboa.

La Revolución de los Claveles marcó a Portugal en cuanto a las fechas consideradas claves en su calendario. Selló las bases del papel portugués en Europa y la política de descolonización en África. Pero más allá de haber bifurcado el rumbo de esa sociedad, también marcó una división con países antagónicos políticamente. Chile es un ejemplo. Los gobiernos de Spínola y Pinochet no podían ser más diferentes, en cuanto a modos y fines: la izquierda y la derecha como protagonistas de desalojos que catapultaron los fines de un país completo, y en el caso de Portugal, de territorios lejanos y étnicamente muy diversos. Ni por magnetismo ni por raíces lingüísticas procedentes de una misma matriz, la opinión portuguesa habría premiado lo que ocurría en Chile y que tanto daño les causó a ellos cuando les pisoteó de la misma forma con António de Oliveira Salazar. El embajador chileno lo haría notar con ánimo en sus informes. Desde Chile, el silencio era la elección predilecta. Un ‘obrigado’ o un ‘gracias’ bastaba para camuflar el encono entre ambos gobiernos.

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